Proyecto Uranio

Era sólo cuestión de tiempo que algún Estado se decidiera a explorar a fondo su prometedor potencial en el ámbito de la industria armamentística.

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Considerando el excelso nivel de la ciencia alemana a finales de los años 30, el III Reich era un muy firme candidato a dar con la fórmula del arma perfecta. En agosto del año siguiente, eminentes científicos como Leó Szilárd, Enrico Fermi o el propio Albert Einstein dieron un paso al frente exhortando a Franklin Delano Roosevelt a asumir la gravedad de la amenaza. "Es concebible que bombas extremadamente poderosas de nueva generación sean construidas. Una sola bomba de ese tipo, transportada en barco y detonada en un puerto, podría destruir el puerto completamente y parte del territorio circundante".


El debate acerca de la bomba atómica

En estos términos, tajantes y amenazadores, se expresaba Einstein en una misiva dirigida al presidente estadounidense, que pretendía poner el delicado debate acerca de la bomba atómica sobre la mesa de los planes militares de los enemigos de la Alemania nazi. Roosevelt no se tomó la amenaza a la ligera y, consciente de la magnitud del desafío, dio vía libre finalmente en los meses sucesivos a la creación de un Comité del Uranio, germen del Proyecto Manhattan, en el que también participaron, si bien en una escala mucho más modesta, Reino Unido y Canadá. A pesar de tratarse de un proyecto civil, el mando de las operaciones correspondió a un militar, el general Leslie Groves, a cargo de un equipo encabezado por el doctor en Física estadounidense Robert Oppenheimer, que coordinaba el trabajo de algunos de los científicos más sobresalientes de la época. 

Desde la sede principal en el laboratorio de Los Álamos, en Nuevo México, un equipo formado por unas ciento veinticinco mil personas se puso manos a la obra en el más estricto secreto para, atendiendo a los temores expresados por Szilárd, Fermi y Einstein, alcanzar la meta antes que el enemigo. Oppenheimer se entregó en cuerpo y alma a la causa desde el primer día, consciente de que una de las batallas más decisivas de la guerra se libraba en la retaguardia. No había un minuto que perder: Estados Unidos tenía que estar en disposición de fabricar la bomba letal antes de que lo hiciera Alemania.


Quedar segundo en esta angustiosa carrera contrarreloj podía significar no sólo la derrota, sino también la aniquilación. Oppenheimer y su equipo tenían sobrados motivos para la preocupación.

Más información sobre el tema en el Dossier El plan oculto del Tercer Reich, escrito por Roberto Piorno. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a Guerras secretas.

 

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Etiquetas: Guerras, bomba atómica

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