Pioneros del aire

Elena Sanz
Ver galería Amelia Earhart, pionera de la historia de la aviación



Pioneros del aire

A unos metros sobre la orilla de una poblada playa donde una manada de dinosaurios cuida de sus nidos, el macho tapejara presenta un aspecto magnífico. Es un extraño animal con alas azuladas de seis metros de largo que lanzan fugaces sombras sobre la arena. Remontando el vuelo, la enorme cresta que adorna su cabeza parece una vela flameante. De un rojo intenso en su parte delantera, va cambiando de color hasta alcanzar un gris violáceo en la zona posterior. Entonces, el dragón alado se lanza hacia una manada de congéneres que vuela en apretada formación. La mayoría son hembras y el tapejara comienza una serie de suaves giros descendentes delante de ellas que acentúan la majestuosidad de su cresta. De repente, uno de los machos del grupo se lanza contra él y ambos se enfrascan en un áspero combate de graznidos y picotazos. Cuando otros dos rivales se unen a la contienda, el fogoso pretendiente debe dar media vuelta y abandonar la lucha. Alcanza un acantilado cercano y se posa bruscamente, exhausto por el esfuerzo. A pesar del alboroto, su estado es bueno. La delicada membrana cubierta de fino pelo de sus alas sólo tiene un par de pequeños agujeros. Nada grave. Mañana habrá otras oportunidades para el joven pterosaurio. Este lagarto volador de unos 30 kilos de peso vivió en Brasil hace 120 millones de años.

Un grupo de animales con cualidades únicas

Si quisiéramos equiparar los pterosaurios con otro grupo animal, vivo o extinto, nos resultaría ciertamente difícil. Eran reptiles, pero con unas cualidades muy especiales: en vez de tener escamas, como los lagartos y los cocodrilos, lucían pelo -excepto en las patas-, y una enorme cresta coronaba sus cabezas. Un error popular es creer que eran dinosaurios, pero lo cierto es que ni siquiera está claro que estuvieran cercanamente emparentados; tan sólo fueron contemporáneos. Tenían un cerebro parecido al de las aves, y probablemente eran más inteligentes que los saurios actuales. Además, podían batir sus alas durante horas, algo impensable hoy en día para un animal de sangre fría.

Y es que, sobre todo, los pterosaurios fueron seres aéreos. Sus cuerpos estaban altamente adaptados para volar. Desarrollaron unos pulmones que pudieron ser tan eficaces como los de los pájaros, y unas alas membranosas que hacían las veces de sensores. Dotadas con una fortísima musculatura, eran capaces de extenderlas o contraerlas en función de las necesidades aerodinámicas del vuelo. Sus huesos eran finos y ligeros como obleas. Los del cráneo o la pelvis, por ejemplo, tenían un espesor de tan sólo 2 ó 3 milímetros, y en su interior los reforzaba una estructura en forma de panal de abeja. En los huesos largos, este panal quedaba restringido a las zonas distales, mientras que la mayor parte de la caña era hueca.

Se concentraron sobre todo en las zonas coster

Existieron pterosaurios de muy diverso tamaño. Los hubo pequeños, con una envergadura de tan sólo 20 centímetros y un peso menor que el de un estornino. Con el tiempo surgieron formas gigantes, que alcanzaron el tamaño de un aeroplano. Los pterosaurios son un buen ejemplo de lo que en paleontología se conoce como regla de Cope -en honor al paleontólogo que la propuso, el estadounidense Edward Drinker Cope-, según la cual las especies tienden a evolucionar hacia un mayor tamaño. Se cree que este aumento de talla estuvo relacionado con la lucha que entablaron con las aves por el espacio aéreo. Las primeras aves, como el Archaeopteryx, aparecieron en el Jurásico superior -hace unos 150 millones de años- y desde entonces empezaron paulatinamente a dominar el cielo. Fue a partir del Cretácico -hace 145 millones de años-, cuando los pterosaurios comenzaron a adoptar su impresionante porte.

Esto es precisamente lo que refleja el magnífico yacimiento chino de Liaoning, donde se han encontrado pruebas directas de que existió una enorme diversidad de aves primitivas durante el Cretácico inferior en zonas continentales interiores. Esto obligó a los pterosaurios a concentrarse en las áreas costeras, donde sus rivales aún no se aventuraban. Como respuesta a la presión aviar, el reptil volador creció y se volvió mucho más poderoso y amenazador. Hasta hace poco se pensaba que el mayor de todos fue el Quetzalcoatlus -llamado así por el dios azteca Quetzalcóatl, la serpiente emplumada-, un pterosaurio norteamericano de la familia de los azdárquidos que vivió a finales del Cretácico, hace 65 millones de años.

Pterosaurios del tamaño de una avioneta

El Quetzalcoatlus tenía una envergadura de unos 10 metros, semejante a la de un aeroplano, y un peso de 50 kilos. Pero unos investigadores españoles han puesto en duda su hegemonía como rey de los pterosaurios. El equipo dirigido por el paleontólogo Xavier Pereda Suberbiola recuperó cerca de Tous, en Valencia, los restos fósiles de un animal con una envergadura estimada entre 12 y 13 metros. Este hallazgo haría del pterosaurio ché la mayor criatura voladora de todos los tiempos.

Sin embargo, el gigantismo tuvo su contrapartida: perdieron diversidad. En el transcurso del Cretácico, el número de familias se redujo a un tercio. Esta mengua, como ocurre en otras especies, hizo a los pterosaurios más vulnerables a la extinción. Tal vez este factor influyó decisivamente en el terrible acontecimiento acaecido a finales de ese período. Un gran impacto meteorítico provocó la extinción masiva conocida como K-T -del alemán Kreide- Tertiär, Cretácico-Terciario-, con la que desapareció el 95% de la vida en la Tierra, incluidos los pterosaurios. Su abrupta pérdida no resta interés a esta estirpe de reptiles voladores que, desde su aparición hace 215 millones de años y durante los 150 millones siguientes, se convirtieron en los reyes de los cielos.

Colección de llamativas protuberancias

pterosaurio2Sorprendentes por su tamaño, variedad y esplendor, algunos pterosaurios desarrollaron llamativas crestas, algunas de unas dimensiones ciertamente descomunales. Ya a mediados del siglo XIX se conocía su existencia, cuando se encontraron los primeros restos de Pteranodon, el favorito de las películas de dinosaurios. La especie Pteranodon sternbergi tenía una en forma de veleta que decoraba la punta de su cabeza. Pero su cresta roza el ridículo si las comparamos con las de unos extraños y vistosos pterosaurios descubiertos en Brasil: los Tapejara. Cada una de las especies de este género ostentaba una protuberancia característica y distintiva, pero conservando un diseño básico formado por dos largas proyecciones óseas, una por encima del pico y otra en la parte posterior del cráneo.

Aun así, el más crestudo fue, sin duda, el Nyctosaurus. Curiosamente los primeros fósiles recuperados de este género en Smoky Hill, al este de kansas, en EE.UU., pertenecían a un pterosaurio sin dientes, más pequeño que el Pteranodon y con una minúscula cresta. En 2003, un nuevo hallazgo dejó a la comunidad científica boquiabierta. Esta vez los fósiles procedían de un ejemplar adulto, con una cresta en forma de tenedor cuya longitud desafiaba las leyes de la aerodinámica.


¿Velas carnosas o boyas que servían de contrapeso?


Los expertos siguen especulando acerca del aspecto que el Nyctosaurus pudo tener en vida. Algunos sostiene que esta cresta tipo antena pudo soportar una vela carnosa que podría darle estabilidad mientras pasaba en vuelo rasante sobre la superficie del agua en busca de peces. No obstante, no existen hasta la fecha indicios de que tal vela existiera. De hecho, el mástil óseo no presenta rugosidades, lo cual sugiere que no tenía ningún tipo de tejido adherido. Algunos especialistas imaginan a estas criaturas agrupadas, como lo hacen las gaviotas, glotando en el mar y zambullendo la cabeza bajo el agua para pescar. Con o sin vela, de ser cierta esta hipótesis la contemplación de bandadas de Nyctosaurus debía ser un espectáculo difícil de olvidar. ¿Para qué serviría semejante apéndice en la cabeza? Algunos expertos se decantan por una función boya-contrapeso. Así, por un lado marcaría la posición del individuo que se encontrara pescando con la cabeza sumergida y, por otro, podría guiar las mandíbulas durante esta operación. Pero, sobre todo, una extravagancia de este calibre debía de ser un atractivo sexual para las hembras, tal como sugiere el paleontólogo norteamericano Chris Bennett, que comprobó que las crestas de las hembras y los machos eran muy distintas: las de estos últimos eran, sin duda, más grandes y desarrolladas.

Además de tan peculiar cabeza, los pterosaurios también fueron excepcionales porque estaban cubiertos de pelo. Aunque en apariencia era similar al de los mamíferos, no se trataba de pelo tal como hoy lo conocemos. No estaba formado por estructuras tubulares huecas, sino por filamentos macizos, sin ramificaciones.

Los primeros restos fósiles con pelo de pterosaurios fueron descubiertos por paleontólogos soviéticos en la década de 1960 en la región de Karatau (Kazajistán).

Alexander Sharov y sus colaboradores sacaron a la luz esqueletos enteros de unos pterosaurios del tamaño de una paloma, magníficamente preservados en sedimentos del Jurásico superior (hace unos 150 millones de años). Sharov bautizó la nueva especie con el ilustrativo nombre de Sordes pilosus, el demonio peludo. El pelo de Sordes era corto, denso y con un diámetro similar al cabello humano, aunque sólo alcanzaba una longitud de 10 milímetros. En los ejemplares mejor conservados se apreciaba incluso que era sinuoso y curvado, muestra de su gran elasticidad. También se han encontrado pelos en otros géneros de pterosaurios pertenecientes a diversas edades geológicas, que abarcan un intervalo de 100 millones de años. Por ello, se cree que la mayor parte de estos reptiles voladores fueron peludos.

En busca de huevos de los reptiles voladores

Hasta hace poco nadie sabía cómo se reproducían los pterosaurios. Se llevaba mucho tiempo discutiendo si ponían huevos, como los pájaros, o si parían, como los murciélagos. Por el contrario, resultaba abrumadora la gran cantidad de huevos fósiles de dinosaurio y pájaros hallados por los paleontólogos, así que el asunto se había convertido en un tema muy intrigante. Tal vez la explicación más lógica era que, sencillamente, no ponían y las hembras tuvieran partos de pequeñas crías.

La respuesta definitiva a la cuestión vino de China, el paraíso paleontológico en nuestros días. Los investigadores Wang Xiao-Lin y Zhou Zhonghe resolvieron el misterio en 2004. En la revista Nature, a todo color, publicaron las fotografías de un huevo del tamaño del de una gallina, con el embrión de un pterosaurio casi perfectamente conservado.

Embriones casi perfectamente conservados

Por si quedara algún resquicio de duda, al cabo de unos meses se anunciaron dos nuevos hallazgos de huevos con inquilino. Uno procedía, cómo no, de China y el otro de Argentina. Resultó asombroso constatar que durante 200 años la búsqueda había sido improductiva y en sólo seis meses se habían hallado tres.

El primero se encontró en los depósitos del Grupo Jehol en Jinggangshan, en la provincia de Liaoning, al nordeste de la República Popular. Tenía una antigüedad de 121 millones de años. La criatura estaba disfrutando de sus últimos días dentro del huevo antes de salir del cascarón y tomar contacto con el mundo del Cretácico inferior, hasta que fue sofocada probablemente por una erupción volcánica. En el interior del huevo han quedado exquisitamente conservadas parte de las membranas de las alas e impresiones de la piel. Su envergadura dentro de la cáscara era de 27 centímetros, y si hubiera llegado a adulto, hubiera alcanzado entre los tres y seis metros. El segundo huevo chino se encontró en el mismo yacimiento y era bastante similar al primero. Ambos compartían una interesante característica: sus cáscaras eran blandas, como las de los huevos de serpientes, lagartos y algunas tortugas. Se sabe que era así porque no se detectaron restos de calcita, el mineral que forma la cáscara dura de los huevos de ave.

El huevo de pterosaurio argentino se encontró en la Loma del Pterodaustro, en el centro del país. Con un tamaño similar al de los especimenes chinos, también contenía un embrión entero, pero había algo notablemente distinto en él. El paleontólogo argentino Luis Chiappe y sus colaboradores descubrieron cristales de calcita en su cáscara, aunque dispuestos en una capa extremadamente fina, una sexta parte de la que tendría un huevo de pájaro del mismo volumen. Ello indica que el huevo tampoco era duro y quebradizo, ya que esas finas capas de calcita están presentes en los huevos blandos modernos.

España también fue morada de pterosaurios

El registro fósil de pterosaurios en nuestro país es aún pobre, pero las investigaciones apuntan a un futuro prometedor. Se han hallado restos óseos del cretácicos en Galve y Vallipón, en Teruel. También se han recuperado fósiles en Soria, Burgos y La Rioja, sin olvidar el yacimiento de Tous, que podría albergar el pterosaurio más grande conocido. España destaca por la calidad de conservación de huellas de estos reptiles. Se han encontrado improntas en Cuenca, Soria y La Rioja y son especialmente valiosas las halladas en Villaviciosa (Asturias), en las que es posible observar las escamas de los dedos del animal. Un magnífico hallazgo.


Mario García Bartual


Para saber más
· Animación del vuelo de un pterosuario en MUY Digital (video 3D)
· En Internet: www.pterosaur.co.uk

 

Etiquetas: Curiosidades, Exploradores

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