Paul Preston: "La historia de España es la que cuenta cada uno"

Muy Interesante

Alto y corpulento, lleva traje oscuro con camisa negra, y parece vestido con la coquetería del viejo rockero o del hincha del Everton, "un scruffy bastard" (guarro), como bromea por primera vez en inglés. Habla un excelente castellano, al día y de la calle -lleva años castigando su piel blanca y sus delicados ojos azules al sol de España-, y es un conversador ágil y apasionado que encaja en el cliché del británico temperamental.
-La Guerra Civil española ha estado rodeada de una aureola de romanticismo, por lo que allí se dirimió, por los ideales del momento y por la presencia de los brigadistas. ¿Hay algo de este romanticismo en su aproximación a la historia de España?
-Sin duda, en algún momento la Guerra Civil española pareció un conflicto muy limpio, en el sentido de que ambos bandos creían que estaban luchando por unos ideales muy elevados, casi espirituales. No digo que fuera así, sólo que ellos lo creían. Esto le confería fuera de España una aureola de romanticismo. Yo noto que los estudiantes que empiezan a interesarse por la guerra de España (y éste fue también mi caso) se sienten atraídos por los anarquistas, por las colectivizaciones, por todo eso que parece muy romántico hasta que uno se mete en el tema. A mí me parecía que mi gran cometido era descifrar por qué hubo guerra civil, lo que intenté en mi primer libro La destrucción de la democracia en España. Después he seguido trabajando sobre el tema, pues como problemática da tanto de sí que es inacabable. Si viviera 50 años más podría seguir dedicándoselos con auténtica fascinación. Pero quizá, por el paso del tiempo, lo que antes veía no ya con romanticismo sino con pasión, ahora lo estudio con tristeza: cada vez me parece más una tragedia horrenda.

-¿Y ese interés por España?
-Fue algo un poco absurdo. Hice mi carrera en Oxford, a principios de los años 60, cuando estudiar historia contemporánea estaba mal visto, sobre todo porque parecía muy arriesgado. Como todavía no habían transcurrido 20 años desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se pensaba que no había la distancia necesaria para hacer historia de verdad, historia objetiva, fría. Durante un año fui a la Universidad de Reading, donde había un master sobre Historia Contemporánea Europea. Uno de los cursos, que dirigía Hugh Thomas, era sobre la Guerra Civil española, y me apunté a él, pues me parecía el punto neurálgico de la Europa de los años 30 y era una manera de poder estudiarlo todo sin tener que elegir. En la Guerra Civil estaba Stalin, Hitler, Mussolini; la política británica, la francesa; los anarquistas, los socialistas, los fascistas; católicos, ateos, campesinos, obreros... Cuando empecé a leer en serio sobre el tema me dí cuenta de que quería profundizar más y empecé a aprender español por mi cuenta, con discos y a base de dar la lata a unos colombianos que estaban en la universidad.
Preston vino a España por primera vez a finales de los 60 y se enamoró de este país. Residió en un pueblo, por entonces perdido, de la provincia de Málaga; vivió en Madrid desde 1969 hasta 1973 y, al volver a Inglaterra, escribió con un equipo el libro España en crisis, que marcó su debut en este campo. Luego vivió muy de cerca la Transición. Ha pasado temporadas en Galicia y Barcelona y cree haber visitado todas las provincias españolas, excepto Huesca. "Lo que al principio era una especie de flechazo, con los años se ha ido convirtiendo en un matrimonio. Para mi esposa, España es la otra mujer", dice Preston.

-¿Ser extranjero es una ventaja para poder aproximarse al estudio de esta época de la historia?
-Nacer en un país no significa conocer bien su historia. Por ejemplo, respecto a algunos temas de historia británica, mi ignorancia es igual a la suya. Por otro lado, para estudiar bien la historia de un país hay que conocer perfectamente el idioma y a la gente, es necesario percibir muchas cosas que no están escritas y no se pueden escribir. Algunas cosas se saben por los libros y otras por percepción, por ósmosis. Lo de la patria chica, por ejemplo, se puede entender como una idea abstracta leyendo libros, pero hay que vivir aquí y tener mucho contacto con la gente para percibirlo. Yo he tardado 30 años en darme cuenta. Tampoco quiero exagerar, pero creo que ser extranjero da una libertad que quizás no tenga un nativo, porque éste tiene su carga ideológica, una historia familiar, sentimientos...

-Cuando su generación pasó por la universidad se pensaba menos en el papel del individuo que en la historia social. ¿Escribir biografías constituyó un cambio en su aproximación histórica?
-Nunca he sido un marxista convencido. Los sistemas cerrados de creencias me provocan repulsión, sean de derechas o de izquierdas. Sin menospreciar la historia social, el hecho es que yo personalmente me he dejado atraer por los individuos. Me interesa más la transición que hay del movimiento de masas a la acción individual, porque resulta que siempre hay una persona que se levanta y habla como portavoz de la masa. Al escribir la biografía de Franco tenía la obligación de centrarme en un individuo. Evidentemente, yo era consciente de que Franco representaba algo, pero ese conjunto de intereses sociales, religiosos, políticos, ideológicos, podían haberse reunido en otra persona y las cosas no habrían sido idénticas. Quizás dentro de 500 años el efecto general hubiera sido semejante, pero no a corto plazo.

-A mí me parece muy sano que se haga historia a través de las biografías.
-A mí también me lo parece. Para que el lector medio empiece a percibir lo que es la política, no hay mejor manera que una buena biografía que le subraye la relación que existe entre el político público y la persona privada, sus problemas, sus dificultades... En Inglaterra, ser biógrafo es una profesión honrada, pero aquí a veces me hacen preguntas como si en lugar de escribir una biografía fuera a abrir un lupanar. Es algo que no entiendo.

-¿Reunir datos para una biografía implica utilizar una metodología un poco distinta de la que usa un historiador que se remite a los hechos públicos?
-Recuerdo que una vez Borges me dijo: "cuando leo lo que los críticos escriben de mí siempre me interesa muchísimo, porque me explican lo que yo quería decir". Lo contaba con bastante mofa, claro. Siempre me preguntan si escribir de una forma u otra implica una determinada metodología. Yo no lo veo así; para mí, se esté trabajando sobre campesinos en Castilla, minifundios en Galicia o relaciones entre Pujol y Aznar, la metodología es la misma: reunir todo el material humanamente posible de conseguir, leerlo con los ojos más críticos que se pueda, hacer un análisis honesto y escribir las conclusiones de la forma más amena. A veces, una anécdota personal ilustra más un personaje o un proceso social que páginas y páginas de análisis. El truco está en toda la investigación que hay detrás del hallazgo de la anécdota, y luego, en cierta veteranía para saber cómo colocarla. No puedes decir: "voy a encontrar una anécdota". Vas leyendo sin saber lo que hallarás. Es un poco parecido al trabajo que hace un minero.

-¿Cuál es la anécdota que destacaría, la que le ha venido más al pelo para ilustrar su último libro sobre la Guerra Civil?
-Hay una que he utilizado, porque con un flash me ilumina toda la Guerra Civil. Me la contó el político catalán Miquel Roca. Su abuelo materno, que se llamaba Miquel Junyent y Rovira era un jefe carlista, y a los dos o tres días de empezar la guerra, una patrulla de milicianos de la FAI fue a su casa para matarle. Al llamar a la puerta les abrió una señora a la que preguntaron por Rovira Junyent. "Es que falleció ayer", contestó la señora. "Mentira, queremos ver el cadáver", dijeron los milicianos. "Bueno, pues pasen ustedes". Entraron al velatorio y se quedaron un rato mirando el muerto con cara de mala uva y finalmente uno exclamó: "¡Collons, haber venido anteayer!" Es escalofriante...

-¿Los supervivientes de una época son un material imprescindible para un historiador?
-Lo son, pero hay que aplicarles el mismo sentido crítico que a su memoria. A mí me cuesta trabajo saber lo que hice la semana pasada, y muchas veces preferiría olvidarlo. Si te ocurre algo hoy, dentro de 3 meses, cuando estés reunida en una tertulia de amigas, lo contarás de otra forma a como sucedió. Y lo irás moldeando, para que tu papel sea un poco más digno de lo que fue. Lo hacemos todos, y hay que suponer que los protagonistas de la historia, más todavía. No se puede confiar en la memoria de los otros; hay que ir con cuidado.

-¿Hay muchas historias de España o sólo una?
-La historia de España es la que cuenta cada uno. Cada historiador tiene su versión; la de un catalán forzosamente tiene que ser distinta de la de un vasco o de la de un madrileño, porque su vida y toda su experiencia, lo son. La historia no es simplemente una historia, un cuento. Hay que contarla, pero la delicia de la historia, o las lecciones de la historia están en sus distintas versiones.

-Entonces, ¿cuál es su punto de vista sobre la famosa objetividad de la historia?
-Yo creo que hay honestidad, pero no puede haber objetividad. ¿Quién otorga esa objetividad?

Teresa Ricart

 

Esta entrevista fue publicada en abril de 1998, en el número 203 de MUY Interesante.

Etiquetas: España, Historia, Historia de España

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