Exploradores del pasado, más allá de los mapas

Desde el inicio de los tiempos, el ser humano ha tenido un deseo irrefrenable de conquistar nuevas metas.

Elena Sanz
Marco Polo
Marco Polo
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Desde antiguo, el ser humano ha sentido un deseo irrefrenable de observar el mundo en el que habita. Gracias a navegantes, guerreros y comerciantes de todas las épocas, las tierras que un día fueron ignotas se han ido descubriendo y, con ellas, la gran variedad de culturas y de fauna que atesora el planeta.

 

Pero no fue hasta tiempos bien cercanos, tanto como los recientes siglos XIX y XX, cuando pudo comenzar a hablarse de expediciones geográficas en su pleno sentido. Hasta entonces, los viajes se realizaban por un motivo puramente comercial. Así sucedió con el primer gran explorador de la Historia, Marco Polo, que en su camino por abrir nuevas rutas comerciales, llegó al interior de China. Y aunque ya antes que él una monja española, Egeria, escribiera en el siglo IV el primer libro de viajes titulado Peregrinación a Tierra Santa, Marco Polo maravilló a toda Europa con las descripciones que de sus recorridos plasmó en diversos manuscritos.



También con afán económico viajaron los grandes conquistadores españoles y portugueses de los siglos XV y XVI. A ellos se les debe el conocimiento del continente americano, de las costas africanas, de los archipiélagos del Extremo Oriente y de océanos como el Pacífico. Sus expediciones aún asombran hoy por la temeridad del planteamiento y las infinitas penalidades que sufrieron sus miembros en tierras lejanas y desconocidas. Basta pensar que del viaje donde Juan Sebastián Elcano completó la primera vuelta al mundo, sólo regresaron con vida 18 de los 265 hombres con los que partió el 10 de agosto de 1519 del puerto de Sanlúcar de Barrameda.



Historias semejantes se dieron con Lope de Aguirre y su búsqueda de El Dorado, con Hernán Cortés en la conquista de México o con Francisco Pizarro en la de Perú. Sin embargo, deberían pasar 300 años para que una nueva generación de exploradores se abandonara a la aventura por puro placer o para resolver las grandes lagunas geográficas aún existentes. Exploradores que, por sus hazañas altruistas, no fueron tratados como conquistadores, sino como auténticos héroes.

LA GENERACIÓN VICTORIANA

Para bien o para mal, las grandes aventuras están unidas a una época y a un país, el de la Inglaterra victoriana -llamada así en honor a la reina Victoria, que gobernó el país desde 1837 hasta su fallecimiento el 22 de enero de 1901.

 

Durante ese tiempo, Inglaterra exportó un modo de vida basado en el liberalismo y en la rígida moralidad, ya que se defendía la idea de que no bastaba con ser puro, sino que también había que aparentarlo. En su faceta social, este liberalismo apelaba a seres moralmente responsables, a personas que buscaran y explotaran lo mejor de sí mismos. No se trataba únicamente de la libertad individual, sino de buscar también la ajena, de convertir el mundo en un lugar más agradable en el que vivir; de incentivar el conocimiento y de educar al prójimo mediante el propio ejemplo.

 

Así fue cómo, siguiendo estas premisas básicas, un grupo de hombres se lanzaron a la conquista de territorios inexplorados, confiando únicamente en sus posibilidades y abanderando esa ansia de conocimiento científico que, a la postre, les abriría las puertas de las principales sociedades geográficas europeas.

Uno de los más recordados fue David Livingstone, enterrado actualmente en la Abadía de Westminster. Nacido el 19 de marzo de 1813, Livingstone fue el prototipo de hombre hecho a sí mismo. Después de una infancia de pobreza y sufrimiento, consiguió graduarse en Medicina y entregarse a lo que él consideraba su misión en la Tierra: predicar el Evangelio. Y así fue cómo en la primavera de 1841 desembarcó por vez primera en África.

 

Guiado por una poderosa fuerza interior, Livingstone se adentró en el continente abriendo nuevas rutas, descubriendo aldeas hasta entonces incomunicadas y aprovechando su labor misionera para localizar diversos accidentes geográficos. Fue el primer hombre blanco en ver el lago Ngami tras cruzar el desierto del Kalahari, llegó a Luanda recorriendo más de 2.000 kilómetros de territorio selvático, descubrió las cataratas Victoria y el sur del lago Tanganika... Logró estos hitos, tras sobrevivir al ataque de un león, a las fiebres que mataron a su mujer y a la ira de los comerciantes de esclavos contra los que él predicaba.



Para sus compatriotas era un héroe nacional; de ahí el estupor cuando, en 1869, el doctor dejó de dar señales de vida. Para encontrarlo, el director del periódico estadounidense New York Herald contrató los servicios de un joven corresponsal llamado Henry Stanley, otro gran nombre de la exploración mundial. Con un cheque en blanco, Stanley organizó una expedición que partió desde Zanzíbar hacia el interior del continente, siguiendo la estela de Livingstone. Durante aquella travesía sin rumbo claro, los expedicionarios soportaron fuertes lluvias, guerras tribales y tal escasez de alimentos que provocó la huida de casi todos los porteadores. Sin embargo, Stanley, al que ya apodaban Bula-Matari ?"el que quiebra las piedras", por su dominio del látigo-, consiguió obtener noticias de Livingstone y localizarlo en un penoso estado en la aldea de Ujiji, donde pronunció su célebre frase: "El doctor Livingstone, supongo". Para entonces, el americano había recorrido a pie 3.500 kilómetros de tierra apenas conocida durante 236 días, con el único propósito de cumplir la misión que le había sido encomendada.

LAS MONTAÑAS DE LA LUNA


También a Ujiji había llegado trece años antes la pareja formada por los exploradores Richard Burton y John Hanning Speke. En aquel tiempo, uno de los grandes enigmas geográficos consistía en descubrir el punto exacto donde nacía el Nilo. Eran muchos los aventureros que habían perseguido ese sueño, pero todos se perdieron en una maraña de afluentes y de lagos más o menos extensos. Burton y Speke se propusieron desentrañar el misterio.

 

Aún hoy asombran los escasos medios con los que contaban aquellos aventureros. Porque, si bien es cierto que estudiaban minuciosamente la ruta a seguir y el equipo necesario, la precariedad económica casi siempre estaba presente. Livingstone dependía de la asignación que le llegaba desde la London Missionary Society y a Burton y a Speke les sucedía lo mismo con sus patrocinadores, la Real Sociedad Geográfica y el Foreign Office.



La búsqueda se inició el 16 de junio de 1857 desde Zanzíbar. El equipo de 132 porteadores fue menguando por las deserciones a medida que se iba internando en el continente. Tras medio año, los dos ingleses alcanzaron el lago Tanganika en una situación lamentable. Burton tenía la mandíbula ulcerada y sólo podía beber líquido, mientras que Speke se encontraba prácticamente ciego.

 

En este punto, ambos compañeros se enfadaron por el camino a seguir y decidieron separarse. En los siguientes días, Speke localizó el lago Nyanza, mucho mayor que el Tanganika y que él definió como el "nacimiento del Nilo". Satisfecho, contactó nuevamente con Burton y ambos regresaron a Inglaterra en un viaje que a punto estuvo de costarles la vida, al quedar Speke afectado de neumonía y pleuresía y Burton enfermo de fiebres.

 

Ya en su país, ambos se enfrentaron por la cuestión de las fuentes del Nilo al asegurar Burton que Speke erraba en sus conclusiones. La cuestión no pudo debatirse correctamente porque Speke falleció en un accidente de caza. Sus tesis se tomaron como certeras, aunque aún hoy existen aventureros que propugnan haber hallado nuevos nacimientos.

A LA CONQUISTA DE LOS POLOS

A medida que el siglo XIX avanzaba, el planeta iba siendo cartografiado casi en su totalidad, gracias también a nombres como los del general Charles George Gordon o el matrimonio Baker, que descubrió el lago Alberto enfrentándose al hambre, la peste y al acecho de bestias. También Oriente mostraba sus secretos a exploradores de la talla de William Palgrave, el matrimonio Blunt o Charles Doughty.



Aún así, el mundo continuaba albergando ciertos puntos sin conquistar que atrajeron a una nueva generación de aventureros. El más importante fue sin duda alguna el de la Antártida, donde iba a desarrollarse la carrera que enfrentaría a dos hombres por conquistar los 90º, latitud Sur: el noruego Roald Amundsen y el británico Scout.

 

Parecía como si ambos hubieran nacido para ese momento. De Amundsen se cuenta que desde niño mostró una obsesión por las expediciones polares, para las que se entrenaba durmiendo con la ventana abierta en pleno invierno o nadando en las gélidas aguas noruegas. El británico no le iba a zaga y ya había capitaneado una expedición a la Antártida, explorando la zona que bautizó como la península Eduardo VII.



Con estos bagajes, ambos aventureros iniciaron el asalto al centro del Polo Sur en 1911. Scott basó su expedición en los trineos motorizados y en potentes ponis como fuerza motriz, mientras que el noruego confió en los clásicos trineos tirados por más de un centenar de perros árticos. El 14 de diciembre de ese año, Amundsen clavaba la bandera noruega en el extremo más austral del planeta y regresaba para contar al mundo su hazaña sin excesivos contratiempos. Un mes más tarde llegaba el equipo de Scott.

 

Los trineos motorizados habían quedado inservibles al poco de iniciar la expedición y los ponis fueron muriendo durante el recorrido. Cuando el británico observó la bandera noruega ondeando, asumió su derrota e inició el regreso. Carentes de alimento y de transporte, todos los miembros de la expedición sucumbieron al frío y al hielo. Sus cadáveres serían rescatados en una expedición de socorro ese mismo año, así como los diarios y las notas en las que relataron las penalidades sufridas. Cuando Inglaterra supo del trágico final por aquellas conmovedoras anotaciones, todos los difuntos fueron elevados a la categoría de héroes nacionales.



Mucha mejor suerte corrió la expedición organizada por el irlandés Ernest Shackleton. Con la misión inicial de cruzar el continente antártico en trineo, atravesando el Polo ya conquistado durante el recorrido, una expedición de 28 hombres capitaneados por él mismo partía de Plymouth el 8 de agosto de 1914 en el barco Endurance.

 

Lo que iba a ser una aventura con sus riesgos lógicos, pronto se convirtió en una lucha por sobrevivir al frío y al hambre. Atrapado por los hielos, el Endurance estalló por la presión de los témpanos, dejando a los 28 tripulantes sobre un gran iceberg. Desesperados, embarcaron en los botes de salvamento y remaron durante cinco días en medio de un mar embravecido, empapados y hambrientos, hasta alcanzar la isla Elefante, un pedazo de roca yerma.



La tierra firme les supuso algo de respiro, pero sabedores de que nadie conocía su paradero, el propio Shackelton decidió ir en busca de ayuda con otros cuatro compañeros mientras el resto aguardaba en el islote. Nuevamente, el irlandés hizo frente a las olas, a las noches de insomnio y a la ropa empapada para llegar 17 días después, tras navegar 1.280 kilómetros, a tierra firme. Aún tuvo que escalar una cordillera y caminar varios días hasta localizar una cabaña donde pidió ayuda. A los cinco meses de su marcha de isla Elefante, regresó a buscar a sus compañeros a bordo del buque chileno Emma. Cuando llegó, todos se encontraban vivos, aunque estaban a punto de sucumbir al frío y al canibalismo.

¿HILLARY O MALLORY?

Cuando en 1926 el mismo Amundsen sobrevolaba en dirigible el Polo Norte, constatando la ausencia de tierra firme en el lugar, el mapa terráqueo quedaba por fin completado.

 

Durante los siguientes años, las miras quedarían puestas en la incipiente aviación y en un punto semioculto entre las nubes, a 8.850 metros de altitud. La cima del Everest se vislumbró como el próximo punto a conquistar, el último polo geográfico del planeta aún no sometido por el hombre. Durante décadas, alpinistas de diversas nacionalidades intentaron sin éxito alcanzar la cumbre, hasta que, el 29 de mayo de 1953, el inglés Edmund Hillary rompía la lista de fracasos y, junto al serpa Tenzing Norgay, clavaba la bandera británica en la cumbre.



Con aquella hazaña, la figura de Hillary obtuvo un renombre mundial indiscutible, hasta que, en 1999, un equipo de la BBC localizó en las faldas del Everest el cadáver de un montañero desaparecido en 1924, llamado George Mallory. Con increíble minuciosidad, se rescató del olvido una de las gestas más asombrosas en la historia del Everest.

 

Todo sucedió en el mencionado 1924, cuando un equipo de alpinistas británicos se propuso el asalto final a la cumbre de la montaña. Ya lo habían intentado en expediciones anteriores, quedándose a tan sólo 600 metros del objetivo, ayudados por un rudimentario equipo consistente en pesadas bombonas de oxígeno, abrigos de lana y botas con clavos.

En esta ocasión, y después de una ardua ascensión, la responsabilidad recayó sobre la pareja formada por Mallory y Andrew Irvine. El 6 de junio de ese año, Odell, el fotógrafo de la expedición, aseguró haberles visto escalando a través de su cámara a falta de 150 metros de la cima. Después, la niebla los cubrió y nunca más volvieron a ser vistos.

Mucho se especuló sobre si la pareja pudo o no haber alcanzado la cumbre antes de morir. Sus compañeros siempre defendieron que sí, tal y como aseguraba otro miembro del equipo, Geoffrey W. Young. De hecho, este hombre se había convertido en un referente nacional por su fortaleza y determinación, y de ahí que la BBC patrocinara aquella expedición en 1999.

 

El análisis del cadáver no fue concluyente, pero se encontraron los suficientes indicios como para defender la posibilidad de que, efectivamente, Mallory muriera durante el descenso. Muy cerca del cielo también estuvieron los pioneros del aire, aquellos pilotos que hicieron Historia con sus aviones y cuyo anecdotario desbrozamos en otro artículo de este número: héroes bélicos.

LA AVENTURA, HOY

Indiscutiblemente, el último gran hito en esta larga lista de aventuras sucedió el 20 de julio de 1969, con la llegada a la Luna de Neil Armstrong, un episodio que abrió las puertas a la nueva frontera del ser humano: el espacio exterior. ¿Qué queda en la actualidad de todos estos héroes y de las hazañas que protagonizaron? Quizá la memoria, el recuerdo de que el ser humano es capaz de llevar a cabo todo aquello que se proponga mediante el esfuerzo y la perseverancia. Este es el mensaje que aquellos aventureros nos quisieron transmitir.



Iván Rámila

Etiquetas: Exploradores, Historia

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