Ludwig, el rey atormentado

Ludwig de Wittelsbach reinó de 1864 a 1886 como Luis II de Baviera. Es recordado por su excentricidad y por la relación con su prima, Sissi.

Ludwig
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Hijo de Maximiliano II de Baviera y de la princesa María de Prusia, Ludwig Otto Frederik Wilhelm de Wittelsbach (1845-1886) tuvo una infancia y adolescencia difíciles. Aunque consentido inusitadamente por sus padres en algunos aspectos, las tempranas sospechas sobre su homosexualidad lo convirtieron en víctima de un severísimo control por parte de sus preceptores, que lo sometieron a un régimen draconiano de estudio y ejercicios. Los rasgos de su excéntrico comportamiento de adulto podrían quizá explicarse por esta desquiciante presión.

En la adolescencia, Ludwig forjó un estrecho vínculo con su ayuda de campo, un apuesto aristócrata llamado Paul Maximilian Lamoral. Cabalgaban juntos, leían poesía en voz alta y representaban escenas de las óperas de Wagner, compositor por el que el príncipe mostró gran entusiasmo desde que vio una representación de Lohengrin en 1861. La relación con Paul se rompió cuando éste empezó a interesarse por las chicas. Su otra gran amistad juvenil fue su prima Isabel de Baviera, la mítica Sissi: con ella compartía un temperamento romántico y depresivo y su amor por la poesía. Ella lo llamaba Águila, y él a ella, Cisne.

Ludwig sucedió a su padre en el trono con 18 años, en 1864, pasando a ser conocido como Luis II de Baviera. Junto a los conflictos con Prusia, el mayor problema de su reinado no tardó en aflorar: la frustrada expectativa de engendrar un heredero. Comprometido con la princesa Sofía –hermana menor de Sissi–, pospuso el enlace varias veces y acabó por renunciar al matrimonio. Tuvo varios amantes masculinos: Richard Hornig, caballerizo de la Casa Real, el actor húngaro Josef Kainz, el cortesano Alfons Weber... En sus diarios, de los que se conservan sólo copias, se muestra su atormentada relación con la homosexualidad, que intentó en vano suprimir para ser fiel a los dogmas de la fe católica.

Sus cada vez mayores excentricidades, su creciente melancolía y su desatención de los asuntos políticos condujeron a un abrupto final: un dictamen médico lo declaró incapacitado para gobernar; se ha dicho que fue una estratagema familiar para arrebatarle el trono. Sea como fuere, pasó sus últimos días bajo atención psiquiátrica hasta que, al atardecer del 13 de junio de 1886, le pidió a su psiquiatra –que le había diagnosticado esquizofrenia paranoide– que lo acompañara a dar un paseo por los alrededores del lago de Starnberg. Nunca volvieron: fueron hallados ahogados en el lago. La muerte generó grandes sospechas que recayeron en la familia de Ludwig, pues éste era un gran nadador.

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