Los caballeros del aire

La aviación era, antes de 1914, un deporte –sólo apto para ricos– de gran prestigio y muchos de los grandes nombres la practicaban.

J. A. Guerrero / S. M.
Ránking de los pilotos que más aviones derribaron (cifra en amarillo) durante la I Guerra Mundial.

Además de Roland Garros –que consiguió varios récords y realizó la primera travesía del Mediterráneo–, hubo otros nombres célebres como Paulham, Curtiss, Nieuport, el belga Oleislagers –primero en alcanzar los 100 km/h en motocicleta– o Rickenbacker, un verdadero campeón del automovilismo. Algunos de ellos, como Oleislagers, tan pronto estalló la guerra pusieron sus propias aeronaves al servicio de sus respectivas patrias.

Desde aquel momento encontraron nuevas “metas deportivas” que batir y en Francia se inventó la palabra “as” para aquellos que consiguieran derribar cinco aviones enemigos.

Muy pronto, el palmarés de los ases creció hasta que, acabado el conflicto, el alemán Von Richthofen –conocido como el Barón Rojo– tenía 80 aviones enemigos en su haber. No era el único de la lista: el francés René Fonck se anotó 75; el británico Mannock contó hasta 73; el canadiense Bishop, 72; el italiano Baracca consiguió 34 y el americano Eddie Rickenbacker se conformó con 26, lo que no está mal para apenas unos meses de combate. No eran más que ejemplos, porque los ases sensu stricto –con más de cinco aviones abatidos– eran muchos, centenares en total.

Y la prensa, deseosa de noticias con las que subir la moral de una población abatida y en gran parte hambrienta, los elevó al Parnaso. Todos ellos poseían además cualidades para convertirse en héroes: eran jóvenes, animosos, casi se diría que ni siquiera odiaban al enemigo y, sobre todo, luchaban por encima de las miserias de la tierra, el fango, las ratas y las matanzas. Eran los “caballeros del aire” y con ellos nacía un mito, para una época en la que apenas quedaban hidalgos.

No importa que la mayoría de las veces estos héroes sean poco más que de papel. De hecho, el mito de la caballerosidad era sólo eso, salvo contadas ocasiones, y la lucha en el cielo era tan sangrienta y despiadada como en tierra.

Los aviones “surgían” desde el sol para que el enemigo no pudiera verles llegar o se dejaban caer desde la altura por la espalda para abatir implacablemente a una presa desprevenida.

Algunos ases, incluso, llegaron a mantener la macabra costumbre del cazador más instintivo y, como Richthofen, a veces se posaban cerca o visitaban luego los restos de sus víctimas para recortar trozos de insignias, piezas u otros sangrientos “souvenirs” con los que decorar sus alojamientos.

Etiquetas: Aviación, Historia, Primera Guerra Mundial

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