Libros malditos. Bibliotecas que nunca existieron

Muy Interesante




La biblioteca Widener de la Universidad de Harvard guarda en una caja de alta seguridad una de las cuatro únicas copias conocidas del Al Azif, el libro más temido, perseguido y buscado de la historia. Aunque el manuscrito original se ha perdido, sabemos que fue escrito por el poeta yemenita Abdul Al-Hazred a principios del siglo VIII. El contenido de la obra es aterrador. Contiene horripilantes fórmulas mágicas para invocar a seres demoníacos y deja entrever un conocimiento muy avanzado de la relación entre espacio y tiempo. A mediados del siglo X, la obra fue traducida en secreto al griego por Theodorus Philetas bajo el título de Necronomicón. El patriarca Miguel, que ordenó destruirlo, no pudo evitar, sin embargo, que una copia llegara a las manos de Olaus Wormius, que la reescribió en latín en 1228.

En busca del libro maldito

Casi cuatro siglos después, ese mismo texto, al que siempre se ha relacionado con macabros sacrificios, fue impreso en Alemania y España. Hoy, además de algunos fragmentos dispersos -varios hallados en Simancas forman parte de una posible traducción hecha en León en el siglo XIV- y del ejemplar de la biblioteca Widener, sólo han sobrevivido una copia del siglo XV, que atesora la Biblioteca Nacional de París, otra que se halla en la biblioteca de la Universidad de Miskatonic, en Arkham (EE UU), y otra en la Universidad de Buenos Aires. En los últimos 83 años miles de investigadores han solicitado inútilmente permiso a estas instituciones para poder consultar siquiera una página de esta obra maldita. Y esto es así porque a pesar de las detalladísimas referencias e incluso de los párrafos que han trascendido del Necronomicón, éste sólo ha existido en la mente de su creador, el escritor Howard Philips Lovecraft, que lo mencionó por primera vez en 1922. Dicho de otra forma, nada de lo anterior es cierto. Incluso la citada Universidad de Miskatonic es un producto imaginario. En realidad, este retorcido recurso literario no es algo excepcional. De hecho, abundan las obras citadas en textos famosos o por autores de gran prestigio que se han considerado perdidas, abandonadas por la desidia de los copistas o destruidas que en realidad nunca han sido escritas. Es más, a lo largo de la historia de la literatura se han prodigado catálogos enteros de bibliotecas fantasma, como la relación absolutamente ficticia pergeñada por John Donne, uno de los poetas ingleses más importantes del siglo XVII, que describía satíricamente en su Catalogus librorum aulicorum incomparabilium et non vendibilium 34 obras absolutamente inexistentes, como El Pitágoras judeocristiano prueba que los números 99 y 66 son idénticos si se da la vuelta a la hoja, de John Picus. Eso sí, la lista de Donne fue acogida con entusiasmo por el público culto de la época. Desde luego, no era la primera vez que se daba algo parecido. El especialista en rarezas bibliográficas Walter Hart Blumenthal, en su ensayo Imaginary books and phantom libraries señala que "aunque muy posiblemente existen ejemplos de estos libros imaginarios desde mucho antes, uno de los primeros aparece en 1533, en la primera edición de Gargantua y Pantagruel, de Rabelais".

Primer catálogo ficticio

Este escritor describe en detalle el contenido de la Biblioteca de San Víctor, localizada supuestamente en los alrededores de París. Entre su ficticia colección, Rabelais cita obras tan exclusivas como el Modo cacandi, de Tartaretus, cuyo título en latín explica perfectamente su contenido, o el Ars honeste petandi in societate, de Maitre Hardouin de Graetz, que describe en detalle el mejor método para pedorrearse en público. Rabelais llevó la broma aún más allá, ya que los nombres de muchos autores que pueblan los anaqueles de San Víctor son deformaciones de los de personajes reales contemporáneos. Blumenthal establece tres clases de libros irreales: las falsificaciones, las estanterías decorativas con lomos de libros auténticos y los libros imaginarios. En esta última categoría se incluyen obras forjadas por verdaderos maestros en el arte de hacer pasar títulos falsos por auténticos. Edwin H. Carpenter, otro de los autores apasionados por los libros inexistentes, describe en el ensayo Algunas bibliotecas que no hemos visitado el que él cree el mayor ejemplo de todos los tiempos: el catálogo Fortsas. En 1840, los principales coleccionistas europeos fueron invitados a la subasta de la biblioteca del último Conde de Fortsas, que vivía en una pequeña localidad belga. Se trataba de 52 valiosísimos títulos nunca antes descritos en una bibliografía que abordaban numerosos aspectos de la historia y las tradiciones de los Países Bajos. A la subasta acudieron expertos de toda Europa, e incluso el director de la Biblioteca Nacional de Bélgica había concertado un acuerdo para hacerse con ciertas obras. Pero el día de la supuesta operación resultó que no había ni "último conde", ni notario, ni muchos menos biblioteca. Todo se trataba de una broma ejecutada por un pícaro militar y numismático llamado Renier-Hubert- Ghislain Chalon. Y es que a veces no es tan fácil diferenciar lo imaginario de lo real, sobre todo cuando los autores combinan en un trabajo supuestamente serio realidad y ficción y aportan intencionadamente datos falsos.

Referencias inventadas

Una muestra de ello fue la Cyclopedia of American Biography, de Appleton, publicada en 6 volúmenes entre 1887 y 1889. La obra fue durante décadas un apreciado libro de consulta sobre historia natural, hasta que en 1919 el botánico John Hendley Barnhart demostró que no menos de 200 referencias que aparecían en ella eran absolutamente ficticias, si bien muy trabajadas, como las aventuras de Jean Pierre de Vogué, que supuestamente falleció mientras buscaba inútilmente la Montaña de la Salud, en Brasil, o el trabajo del geógrafo español Andrés Vicente y Bennazar, del que se afirmaba que había dibujado un mapa que mostraba la posición y geografía del continente americano 16 años antes de que fuera descubierto por Colón. En la actualidad no se ha perdido esta práctica. De hecho, los ejemplos se multiplican a lo largo del siglo XX. El juego de mezclar títulos reales e inventados en una misma obra lo han practicado Aldous Huxley en Un mundo Feliz, Umberto Eco en El péndulo de Foucault, Arturo Pérez Reverte en El club Dumas, o Austin T. Wright, cuya obra sobre una imaginaria Islandia añade una completa bibliografía de títulos ficticios referentes a los hábitos de sus irreales islandeses. Fue, sin embargo, Jorge Luis Borges el que llevó esta práctica a su máxima expresión. En un alarde metaliterario sin precedentes, se permitió incluso hacer crítica de libros y reseñas de autores que nunca habían existido, como ocurre en Examen de la obra de Herbert Quain o en El Aleph. Algunos investigadores creen que se trata de elaborados juegos intelectuales en los que Borges aprovechó la crítica a los pseudoescritores que él mismo creó para reflejar su postura sobre las corrientes literarias de la época. En cualquier caso, era muy bueno, tanto que muchos lectores llegaron a suplicar a sus libreros que se hicieran a cualquier precio con algunos de aquellos libros. Por supuesto, esperaron en vano.

Angela Posada Swafford Libros malditos. Bibliotecas que nunca existieron

Etiquetas: Arte, Curiosidades

COMENTARIOS