Las sociedades secretas en la Historia

Para ser considerada secreta, una sociedad tiene que exigir a sus miembros guardar el secreto de sus ritos, sus prácticas, sus integrantes o sus fines, con o sin juramento previo, y usar insignias, símbolos, emblemas, contraseñas u otros signos externos e internos de reconocimiento.

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En algunos casos el secreto es consustancial por razón de sus acciones, como en las iniciáticas (la masonería o la sociedad teosófica, por ejemplo), al menos en cuanto a que el adepto sólo puede y debe conocer la realidad total de la sociedad a la que pertenece en la medida que va subiendo los distintos grados, niveles o iniciaciones.

¿Y cuándo surgen? Es difícil establecer una cronología exacta, puesto que para algunos investigadores nacen de la necesidad que tenían chamanes, brujos, magos y hechiceros prehistóricos de mantener en secreto sus prácticas, sus rituales mistéricos, y al mismo tiempo compartirlos con sus alumnos o sucesores. Männerbunde es el término germano que se utiliza para referirse a cierto tipo de organización secreta, una especie de hermandad compuesta tan sólo de hombres (guerreros y cazadores) que ha existido desde los orígenes de la humanidad y que se mantuvo viva, con ligeras variantes, hasta la época del nazismo.

Otro de los problemas radica en la diferenciación entre sectas, escuelas y grupos iniciáticos que proliferan desde hace siglos. Por ejemplo, está de moda hablar de los Illuminati, popularizados por la trilogía de Robert Anton Wilson y Robert Shea y también por Dan Brown en su novela Ángeles y demonios. Su historia es interesante, pues se puede advertir cómo fueron evolucionando desde 1776, cuando se llamaban Los Iluminados de Baviera, adulterándose con el tiempo su nombre hasta el punto de que hoy en día se relaciona a sus miembros con el Nuevo Orden Mundial e incluso con los alienígenas.

Visto lo visto, ¿son sociedades secretas la Trilateral, el Club 300, el Opus Dei, Skull and Bones o el Club Bilderberg? Muchos estudiosos dirían que sí y otros dirían que por el solo hecho de tener un nombre público y reunirse en lugares conocidos por la prensa dejan de serlo. El mero hecho de que a un grupo u organización se lo llame sociedad secreta no quiere decir que lo sea. Si lo nombras, es que existe y deja de estar en la sombra. Como dijo en cierta ocasión Manuel Azaña: «En España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro». Y libros hay a raudales que hablan de las actividades de estas sociedades secretas, reales o imaginarias. Muchas novelas consideradas best sellers se hacen eco de estas temáticas, y es raro que en ellas no haya un grupo superpoderoso y maligno haciendo de las suyas, incluidas las novelas de James Bond. Por eso Katherine Neville, en El círculo mágico, recurre a ellas, como Matilde Asensi en El último Catón, Umberto Eco en El péndulo de Foucault o Julia Navarro en La Hermandad de la Sábana Santa. Quizá todo se reduzca a lo que Jean Ferry cuenta en el inicio de uno de sus relatos: “Joseph K… tendría veinte años cuando descubrió la existencia de una sociedad secreta, secretísima. En realidad, no se parece a ninguna asociación de esta clase. Para algunos es muy difícil entrar en ella. Muchos lo desean ardientemente pero nunca lo conseguirán. Otros, por el contrario, forman parte de ella sin siquiera saberlo” (El maquinista y otros cuentos, 2016).

Más información sobre el tema en el artículo Agentes de un poder invisible, escrito por Jesús Callejo Cabo. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a Masones y otras sociedades secretas.

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Etiquetas: Historia, masones

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