La voladura del Maine, La batalla estadounidense por Cuba

En 1911 los restos del Maine fueron hundidos y la historia de Cuba y España cambió para siempre.

Muy Historia
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Desde 1895, España estaba en guerra con los insurrectos cubanos. El gobierno de Madrid se aferraba con fuerza a la última gran colonia de América, pues no en vano era la primera productora mundial de azúcar y los impuestos que allí se recaudaban reportaban a las arcas públicas más que cualquier región de la Península. Desde el punto de vista militar, la contienda no estaba ni mucho menos decidida y España había enviado 212.000 soldados, dispuesta a defender su soberanía. Mientras tanto, a escasos kilómetros de distancia, Estados Unidos esperaba la victoria de las fuerzas independentistas cubanas.

Desde hacía décadas, los norteamericanos ansiaban incorporar Cuba a su territorio y, en varias ocasiones, ya habían planteado a España su deseo de comprar la isla. Sabían, como así sucedió, que una Cuba independiente caería fácilmente bajo su influencia, por lo que no ahorraron apoyos a la causa secesionista. Además, desde el mismo estallido de la guerra, no habían dejado de enviar con más o menos disimulo armas y pertrechos a los rebeldes, mientras que su prensa lanzaba constantes campañas de desprestigio contra el ejército español y sus autoridades, con el claro objetivo de enardecer a la opinión pública y predisponerla a favor de una intervención militar de los separatistas y contra España.

El pretexto perfecto

 Sin embargo, faltaba una excusa clara, un casus belli que diera argumentos a EE UU para declarar la guerra. Y ahí entró en juego la oportuna voladura del Maine.


A instancias del cónsul norteamericano en La Habana, Fitzhugh Lee, que era un ardiente defensor del intervencionismo en la isla, fue enviado al puerto de la ciudad el acorazado Maine. En la mañana del 25 de enero de 1898, y sólo unas horas después de comunicárselo a España, el navío atracaba en el puerto. Oficialmente llegaba en visita de cortesía, pero a nadie se le escapaba que el motivo no era otro que presionar a las autoridades españolas para que abandonasen la isla, así como tener ya un pie en Cuba ante lo que pudiese pasar. Los estadounidenses no querían que una posible súbita victoria separatista los sorprendiese sin presencia militar y sin capacidad de intervención. Al mismo tiempo, las flotas norteamericanas en el Pacífico y Florida recibieron orden de pertrecharse y prepararse para la acción bélica, lo que advertía de que algo más grande se estaba preparando. Durante las siguientes semanas reinó la inactividad e incluso pareció que Washington se inclinaba por retirar el buque de Cuba, a lo que el cónsul Lee se opuso enérgicamente.


La calma se rompió a las 21:40 horas del 15 de febrero de 1898, cuando una terrible explosión –hubo testigos que afirmaron que fueron dos– abrió un enorme boquete en la proa del Maine, echándolo a pique en pocos minutos. La matanza fue horrible: 261 tripulantes muertos y 19 heridos; sólo 75 hombres resultaron ilesos, parte de los cuales eran oficiales que estaban alternando en La Habana. Las autoridades españolas se volcaron con los damnificados, pero sabían que las consecuencias iban a ser terribles. Tanto el capitán del Maine, Charles Sigsbee, como el cónsul Lee comunicaron al día siguiente que las causas de la explosión eran indeterminadas, pero todo apuntaba a un accidente. De hecho, varios buques de EE UU habían sufrido similares accidentes a causa de la combustión espontánea de los depósitos de carbón, que luego prendían en las santabárbaras haciendo estallar la munición.


Casi de modo inmediato, la prensa amarilla norteamericana controlada por Joseph Pulitzer y Randolph Hearst comenzó a acusar directamente a España de haber causado la explosión. Concretamente, el New York Journal mostró además un dibujó inventado y fotos manipuladas que nada tenían que ver con el incidente, pero que presuntamente demostraban cómo se había perpetrado el supuesto sabotaje. Con esta campaña, la opinión pública americana comenzó a clamar venganza y a pedir la intervención. Curiosamente, sólo una semana antes de la explosión, el yate de Hearst, el Bucanero, había estado fondeado junto al Maine tomando fotografías.

Dudosa investigación

Obviamente, si alguien no había sido seguro era España e, inmediatamente, Madrid pidió permiso para que sus buzos averiguasen las causas, pero Estados Unidos se negó a colaborar y organizaron ellos solos una comisión investigadora que comenzó a trabajar el día 20. Su trabajo, aunque riguroso en un principio y apuntando al accidente, fue virando ante las presiones de la prensa y de las autoridades de Washington, de manera que el 28 de marzo dictaminó que había sido una mina. España respondió que ello era imposible pues no había habido columna de agua, ni peces muertos, oleaje ni ninguna otra señal de que la explosión hubiese sido debida al estallido de un artefacto.

Pero EE UU ya había decidido la intervención y, al recibirse el informe de la comisión en el Congreso, corrió por todo el país el grito de “¡Recordad el Maine, al infierno con España!”. Ante esta situación, el presidente William McKinley acusó sin pruebas a España del atentado y exigió su retirada inmediata de Cuba antes del 25 de abril. En caso contrario, declararían la guerra. Obviamente, Madrid no se plegó a la exigencia y la guerra estalló, concluyendo con la derrota española y la firma de la Paz de París en diciembre de 1898.

En 1911, los restos del Maine fueron hundidos, por lo que fue imposible realizar nuevas investigaciones sobre el pecio. Pero en 1978 el almirante norteamericano H.G. Rickover, tras revisar los trabajos de la comisión de investigación, publicó un nuevo informe afirmando que la explosión fue accidental y producida desde el interior. Otra investigación con motivo del centenario de la explosión volvió a sembrar las dudas, hasta que otra realizada en 2002 reafirmó la tesis del accidente por combustión espontánea. A pesar de esto, las dudas persisten; en la Historia hay pocas casualidades y es evidente que el incidente del Maine fue un regalo maravilloso para la política expansionista de EE UU, que estaba ansiando entrar en Cuba y que con ello lo consiguió. ¿Accidente espontáneo, inducido o una mina? El misterio permanece.


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