La gesta polar de Roald Amundsen

La carrera entre Scott y Amundsen por conquistar el Polo Sur es uno de los episodios más emocionantes de la Historia Contemporánea.

Roald Amundsen

A comienzos del siglo XX, la Antártida era una tierra desconocida: nadie podía asegurar que se tratara de un continente y no de una gigantesca masa de hielo. El británico Robert Falcon Scott y otros habían tratado de conquistarla sin éxito; en 1909, Scott, oficial y explorador de la Real Armada Británica, comenzó a preparar la que parecía ser la expedición definitiva. Pero con lo que no contaba era con un rival inesperado de nombre Roald Amundsen, noruego nacido en la localidad de Borje que en 1897 ya había comandado una expedición antártica.

El propósito inicial de Amundsen, esta vez, era alcanzar el Polo Norte, pero cuando preparaba su aventura tuvo noticias de que el estadounidense Robert Peary se le había adelantado, mientras que los planes de Scott de llegar el primero a la Antártida aún estaban en fase embrionaria. Hombre de espíritu práctico y flexible, modificó sobre la marcha su proyecto y se encaminó al Polo Sur.

Su primera medida fue reclutar a 19 hombres entre los mejores esquiadores, conductores de trineo y arponeros, así como comprar en Groenlandia 52 perros esquimales para tirar de los trineos. Asimismo, Amundsen desechó llevar instrumental científico y planificó la expedición como una carrera contrarreloj. Mientras tanto, Scott reunía a 65 hombres, embarcaba pesados aparatos y formaba un equipo mixto de perros y ponis siberianos, que se revelarían trágicamente inútiles en el Polo.

El 1 de noviembre de 1911, Scott partía rumbo 90º Sur, doce días después que Amundsen (que le comunicó sus intenciones por telegrama cuando estaba ya en camino). La carrera pronto se dirimió a favor del noruego, que el 14 de diciembre de 1911 conquistó el Polo Sur, clavó su bandera y emprendió el regreso. Cuatro semanas más tarde llegó el inglés, tras lo cual inició un penoso retorno durante el que vio perecer a todos sus hombres de frío o de hambre.

Scott sobrevivió el tiempo suficiente –solo, sin agua ni comida y cobijado en una frágil tienda de campaña– para dejar escrito: “Este es un lugar horroroso, y es terrible que nos hayamos esforzado por llegar hasta él sin el premio de ser los primeros”. Así cerraba su diario Robert Falcon Scott, antes de morir congelado mientras regresaba del Polo Sur en 1912.

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