La erótica del poder

Elena Sanz



sexoypoder.jpg El sexo, o su complemento, el amor, han influido poderosamente en la historia de la Humanidad. Sostienen los pensadores marxistas, y no seré yo quien les lleve la contraria, que en todo acontecimiento histórico subyacen siempre motivaciones económicas. Quizá convendría matizar que también las motivaciones sexuales son, a menudo, responsables de ciertos bandazos de la Historia, lo que viene a corroborar el famoso dicho de Juan Ruiz, el arcipreste de Hita: "Como dijo Aristóteles, cosa es verdadera//, que el hombre por dos cosas trabaja, la primera// por haber mantenencia, la otra cosa era// por haber juntamiento con fembra placentera."

O sea, dicho más llanamente, que las dos metas de la Humanidad son alimentarse y copular. Ello explica que el sexo, y el amor, puedan en ocasiones alterar el rumbo de la Historia. A las pruebas me remito.

Desde la remota prehistoria, el sexo ha prestigiado al poder. El principal privilegio del macho alfa dominante en la manada primitiva consistía en fecundar a cuantas hembras pudiera. Ellas se sometían obedientes, no sólo a la autoridad sino al instinto que siempre tiende a mejorar la especie con los genes del que se decanta como ejemplar superior de la manada. Esta tendencia perduró en época histórica: los faraones tenían docenas de esposas, muchas de ellas garantes de acuerdos internacionales, pues eran princesas de los estados aliados. Salomón, el rey de Israel soportó por razones del cargo la ingente tarea de contentar a setecientas esposas y a trescientas concubinas. A pesar de ello, aún le quedó fuelle para satisfacer a la exótica y despampanante reina de Saba, frente a la cual dejó muy alto el pabellón de Israel. Muy a menudo las directrices políticas de un estado se fraguaban en el harén entre favoritas y eunucos, mediando intrigas en las que el impulso sexual se confundía con los intereses de los grupos de presión. Salomón, el sabio por excelencia, se desvió de su proyecto político-religioso por amor a sus esposas paganas, o por encoñamiento, vaya usted a saber. Esto corrobora nuestra tesis original de que el sexo condiciona a los gobernantes y es un ingrediente fundamental en el devenir de la Historia.

Pero la implicación de política y sexo no sólo ocurría en la alcoba del monarca. En el estadio más primitivo de la Humanidad, el intercambio de mujeres entre tribus vecinas era una pieza esencial en las relaciones internacionales, además de evitar la perniciosa endogamia que degenera al pueblo o familia que la practica, como ha ocurrido con ciertas casas reales europeas. Este higiénico intercambio genético es el que subyace en el mito latino del "rapto de las sabinas".


La seducción que se cuela en la agenda política acaba modificándola

Cuando Roma era todavía una humilde aldea del Lacio, hubo un momento en que las mujeres escasearon hasta el punto de que peligraba la supervivencia de la tribu. En tal tesitura, los emprendedores romanos raptaron a las solteras de la tribu vecina de Sabinia y se casaron con ellas. Cuando los indignados sabinos se personaron en Roma en son de guerra con intención de recuperarlas, las propias mujeres se interpusieron entre los dos ejércitos y evitaron el conflicto: "Si los romanos ganan la batalla -razonó la portavoz-, perderemos a nuestros padres y a nuestros hermanos; si la ganan los sabinos, perderemos a nuestros maridos e hijos: por tanto haya paz". Se impuso el criterio de las mujeres y hubo paz. El rey de Sabinia, Tito Tacio, y Rómulo formaron una diarquía en Roma hasta el día de la muerte de Rómulo.

El sexo o la pasión amorosa desencadenaron la guerra de Troya cuando Paris, el principito picaflor troyano, sedujo a Helena, la esposa del rey griego Menelao, y se fugó con ella. Nos lo certifica Homero por más que los prosaicos historiadores deduzcan que las raíces del conflicto fueron más bien económicas: la rivalidad comercial entre griegos y troyanos. Lo mismo cabe decir de la invasión islámica de España en 711 que, según la leyenda, se desencadenó por una venganza del conde don Julián, gobernador de Ceuta, porque el rey godo Rodrigo le había violado o seducido a una hija, Florinda o la Cava, en la corte de Toledo.

La seducción mezclada con la política condiciona el futuro de los imperios. ¿Qué me dicen de Cleopatra? Su irrupción en la historia de Roma bien pudo alterar el destino del mundo. Primero sedujo a Julio César, que la entronizó en Egipto y, si no le llegan a asesinar, la hubiera entronizado en Roma; como reina consorte, porque Roma se encaminaba firmemente hacía la monarquía cesárea. Con todo, el Imperio que César preconizaba llegó a su debido tiempo después de que Cleopatra cautivara con sus encantos al sucesor de César, Marco Antonio, y lo enfrentara con Octavio Augusto. A este último no le llegó a seducir porque era un hombre más bien frío, y porque la hermosa e inteligente reina de Egipto comprendió que ya se le había pasado el arroz y prefirió suicidarse en el esplendor de su madura belleza, antes que comparecer en Roma como cautiva del vencedor.


Las casas reales de España y Portugal dan cuenta de la influencia de los amoríos reales en el Gobierno

La erótica del poder El Imperio Romano no pudo con Atila, el rey de los hunos, pero ¿cuál hubiera sido el destino de Europa si el caudillo bárbaro no hubiera muerto prematuramente en su noche de bodas, cuando en medio de la frenética coyunda le estalló una arteria? ¿Cuál hubiera sido el destino de España si la camarilla de El Pardo hubiera casado un poco antes a Carmen Martínez Bordiú con don Alfonso, el triste primo de Juan Carlos que pretendía igualmente el trono? Si don Alfonso hubiera llegado a reinar, quién sabe si la monarquía se habría mantenido hasta hoy.

Los casos podrían multiplicarse, pero sólo citaremos, por vía de ejemplo, alguno que ha influido en la historia de España. La amante y amada de Alfonso XI de Castilla, Leonor Núñez de Guzmán (1310-1351) tuvo diez hijos del rey, que se enfrentaron con su hermanastro y rey legítimo Pedro I el Cruel. Pedro -con el apoyo de su madre, la reina doña María- vejó y asesinó a Leonor e intentó exterminar a su descendencia. Lo consiguió con tres de sus hijos: Fadrique Alfonso, Juan Alfonso y Pedro Alfonso, pero fue, a su vez, asesinado por uno de ellos, Enrique de Trastámara, que le arrebató el trono y reinó como Enrique II el de las Mercedes (1369 -1379). De este modo se impuso la nueva dinastía de los Trastámara, que se mantendría en Castilla hasta Juana la Loca y después sería sustituida por la de los Austrias o Habsburgo. La pasión de los reyes, y de las reinas, altera el destino de los pueblos.

Otro ejemplo notable es el del infante don Pedro de Portugal. Todavía príncipe, se prenda de Inés de Castro (13251355), una dama gallega de nívea piel, ojos azules y piel nacarada, cuya palidez natural realzaba algo de bozo, una pelusilla de melocotón que no menguaba su beldad. Al rey Alfonso IV el Bravo y a la corte no les gustaba la gallega y desaconsejaron el casorio, pero don Pedro se mantuvo erre que erre, constante como el batán del obispo, y concibió en ella varios hijos. Al final, el sistema -el Rey y sus magnates- cortó por lo sano asesinándola. Murió el Rey y lo sucedió el apenado Infante. En cuanto le coronaron como Pedro I de Portugal, su primer acto de gobierno consistió en ejecutar a los dos instigadores de la muerte de su amada, los nobles Pedro Coelho y Diego López Pacheco. Al primero le hizo arrancar el corazón por el pecho, y al segundo, por la espalda. Después sacó del sepulcro el cadáver de la difunta, lo sentó en el trono, a su lado, y obligó a la corte a que desfilara ante la carroña y besara su mano, acatando a Inés como a reina, lo que inspiró el drama romántico Reinar después de morir, de Luis Vélez de Guevara. Es muy posible que se trate tan sólo de una leyenda, pero mayores locuras se han hecho por amor y en cualquier caso se non è vero è ben trovato.

Sin salir de la Edad Media, conviene aclarar que el famoso "derecho de pernada" medieval no amparaba ningún abuso sexual del poderoso. Se trata de un impuesto, especialmente vigente en el norte de Europa, en virtud del cual el señor percibe un cuarto trasero de cada res sacrificada por el súbdito. El Fuero de Gosol lo explica en 1273: "Que nos den una pata, como ha sido costumbre hasta ahora". El error es muy antiguo. En 1462, los payeses de remensa exigen la supresión del derecho del señor sobre las mujeres y sus señores les responden que ni existe ni creen que haya existido com sie cosa molt iniusta e desoneta, lo que ratifica Fernando el Católico en 1486.


Hombres que imponen sus parejas políticamente incorrectas contra viento y marea

Más cercano a nosotros está el caso de los amores del heredero del Imperio Austrohúngaro, el príncipe Rodolfo de Habsburgo, y la baronesa húngara María Vetsera. Sus cadáveres aparecieron el 30 de enero de 1889 en la alcoba del príncipe con sendas balas en el cráneo. Rodolfo, hijo del emperador Francisco José y de Sissi -la de las películas protagonizadas por la suculenta Romy Schneider-, era algo depresivo y había crecido, como casi todos los príncipes, sin amor. Casado, por razones de estado, con una princesa belga a la que no amaba, se dio a las putas y a la caza, hasta que la baronesa María Vetsera le sedujo.

En sus ratos de asueto, el príncipe Rodolfo había concebido un ambicioso proyecto político que contrariaba a su padre. Enfrentado con el emperador y fracasado en sus intentos de arrebatarle el poder, decidió suicidarse y María Vetsera le acompañó en su muerte; como Clara Petacci a Mussolini y como Eva Braun a Hitler. Igualmente sonado fue el caso del pronazi rey de Inglaterra, Eduardo VIII, que renunció al trono, abdicó y se conformó con el título de duque de Windsor por el amor de la divorciada y nada atractiva americana Wallis Simpson, a la que el gobierno británico se negaba a aceptar como reina consorte. En este caso, como en el de nuestro flamante superministro socialista Miguel Boyer, catequizado y apartado del poder por el irresistible encanto de Isabel Preysler, se especuló que lo que los hechizaba eran las habilidades sexuales de sus respectivas. Se rumoreaba que Wallis Simpson encalabrinaba a su panoli e inexperto británico mediante la práctica de "la presa de Cleopatra", una destreza habitual en el Lejano Oriente que consiste en masajear el pene con los músculos de la vagina, variante sexual desconocida en el pacato occidente cristiano, dado que requiere que la practicante entrene esos músculos desde la infancia.

Regresando a España y a nuestros más recientes gobernantes, encontramos que ninguno de ellos aprovecha la erótica del poder para refocilarse en el sexo, lo que siendo excepción viene a confirmar la regla. El rey de España, don Juan Carlos, es un hombre de familia, sencillo y cumplidor, que como es bien sabido siempre ha guardado ejemplarizante castidad matrimonial. Franco era igualmente casto y desde su juventud demostró ser más aficionado a un tiroteo que a una remonta. En esto se diferencia de otros dictadores del tronco hispano, que en cuanto llegan al poder le dan el salto a toda hembra vistosa que se les ponga a tiro; recuerden al dictador Trujillo, el de La Fiesta del Chivo, de Vargas Llosa. De Franco se cuenta que, cuando visitó la academia francesa de Saint Cyr, mientras sus conmilitones se iban de farra, él permanecía en la residencia de oficiales, estudiando.

Amor y sexo desestabilizantes


Finalmente, y a beneficio de inventario, enumeraremos casos recientes en los que el amor o el sexo han desestabilizado la política, o han estado a punto de desestabilizarla. El asunto de John Profumo, ministro de Defensa británico en 1963, que tenía por amante a Christine Keeler; una chica tan liberada, versátil y libre de prejuicios que al propio tiempo atendía sentimentalmente a un espía ruso. El subsiguiente escándalo sacudió los firmes cimientos del imperio británico y obligó a dimitir a Profumo, que arrastró en su caída al Primer Ministro Harold Macmillan. Para no salir de Inglaterra, citemos el caso de Carlos, el príncipe de Gales, malcasado con Diana pero enamorado de Camila Parker Bowles.

Si nos aproximamos a nuestra tierra, cómo olvidar a nuestro príncipe Felipe quien, después de malograr varios noviazgos o enamoramientos cediendo a presiones familiares, impuso finalmente su matrimonio con Letizia, una divorciada plebeya que había vivido intensamente. En este caso, la experiencia lo está demostrando, la del príncipe ha sido una felicísima y acertada elección de la que debemos regocijarnos todos los españoles, republicanos incluidos, como en su tiempo se demostrará.

En fin que, como comprobarán en las páginas que siguen, el travieso amor, sea Eros, Cupido o san Valentín, incide en la Historia mucho más de lo que pudiera parecer.

Juan Eslava Galán



Etiquetas: Curiosidades, Historia, Monarquía, Reyes de España

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