La cruzada de Bill Wilson contra el alcoholismo

En carne propia, su experiencia como alcohólico fue la clave para ayudar a otros y acabar fundando Alcohólicos Anónimos.

Pilar Blázquez / S.M.
Bill Wilson

Un padre alcohólico que se va a Canadá para no volver. Una madre que decide empezar una nueva vida en Boston, y abandona a sus hijos pequeños. Son los ingredientes de una tragedia, pero en esta ocasión la historia tiene un final feliz, gracias a Bill Wilson.

Wilson fue uno de esos niños abandonados. Tras unos años dando tumbos entre la casa de sus abuelos y refugios de todo tipo, decidió alistarse en el ejército. Fue allí, con 22 años, cuando se tomó su primera copa. Sintió que su vida cambiaba. Ese elixir mágico le permitía tener amigos, ser popular, triunfar en los negocios. No podía vivir sin él y en poco tiempo se convirtió en un alcohólico como su padre.

Lois Bornham, su novia de toda la vida y su mujer desde 1918, trató de apartarlo de su adicción viajando por todo el país, pero lo único que consiguieron fue arruinarse. En 1933 tuvieron que regresar a Nueva York para vivir de la caridad de los padres de ella, mientras Wilson era ingresado en el Hospital de Manhattan para desintoxicarse.

Allí logró abandonar la bebida y entró en contacto con grupos esotéricos y con las teorías de filósofos como Carl Jung y William James. Tras la terapia, volvió al trabajo hasta que un día en Akron, Ohio, tras un negocio fallido, se encontró en la puerta de un bar con unas irrefrenables ganas de tomar ‘un trago’. En ese momento, todas aquellas teorías de las que se había empapado en el hospital volvieron a su cabeza. “Sólo si ayudo a otros alcohólicos podré salvarme”, se dijo.

La primera persona a la que ayudó se llamaba Robert Smith, y se considera que juntos fundaron Alcohólicos Anónimos. El 10 de junio de 1935, se fundó oficialmente está asociación bajo el lema “Sólo un alcohólico puede ayudar a otro alcohólico”.

Poco a poco Wilson fue modelando su terapia, que terminaría publicando bajo el título de Los doce pasos. Las primeras sesiones se desarrollaron en la casa de los padres de Lois. El único requisito para asistir era querer dejar el alcohol y contar la experiencia a los demás, pero la ausencia de ingresos les devolvió a la indigencia. Desde entonces, cualquier sitio era bueno para montar una sesión: un albergue, los bajos de un edificio…

La fama de Wilson se había extendido por toda la ciudad. Hasta tal punto que en 1940, el hijo del famoso magnate Rockefeller estuvo en una de ellas; quedó tan impresionado que decidió contribuir a la causa con 30 dólares a la semana. “Más hubiera corrompido nuestro espíritu”, aseguró Wilson.

Sobre estas bases de ayuda mutua, pequeñas donaciones y experiencias compartidas se construye Alcohólicos Anónimos, que hoy cuenta con más de dos millones de miembros y está presente en 12 países. Su sello de identidad sigue siendo el mismo: “Hola, me llamo Bill y soy alcohólico”. Gracias a Wilson, muchos han dejado de beber para siempre.

Etiquetas: Curiosidades, Historia

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