La Bella Otero

Al menos siete hombres se suicidaron porque no podían poseerla; uno de ellos se tiró bajo las ruedas de su coche

L. Martín / S. M.
La Bella Otero
Ver vídeo Mujeres Nobel

Fue un icono, uno de los primeros de la era en que la imagen sustituyó a la realidad a través de su metáfora: la fotografía. Su figura sólo es posible en una Europa y América inmersas en los delirios de la Belle Epoque, lo que permitió a Carolina crearse una vida repleta de mentiras. La cruda verdad es que Agustina Otero era hija de una mendiga soltera y había nacido en 1868 en Valga (Pontevedra).

Lo más grave que siempre ocultó, tal vez porque le dolía en el alma, fue una terrible violación a la edad de 10 años de la que salió con vida de milagro.

A raíz de aquello, que la dejó estéril, desengañada y helada para siempre, Agustina decidió escaparse con unos cómicos y vender su bello cuerpo. Aterrizó en París donde el empresario Ernest Jurgens inventó el personaje de la Bella Otero, para competir con la bailarina española Carmencita, otra farsante hija de un albañil polaco.

La siguiente mentira fue el nombre que se puso: Carolina o Lina. Y qué decir del acento de Cádiz con el que gustaba de hablar francés o de su supuesto título de condesa.

Jurgens fue enseguida su amante, pero pronto Carolina empezó a trabajar en lo que mejor se le daba: sacarle el dinero a los hombres. Su primer mentor, que se había dejado los cuartos en fabricarla, fue sustituido por alguien con más posibles: William Kissam Vanderbilt, el rico heredero de una de las familias más influyentes de Estados Unidos.

En la excelente biografía de La Bella Otero escribe Carmen Posadas: “Vanderbilt y Jurgens marcarían un esquema que se iba a repetir a lo largo de su vida amorosa: por un lado, el caballero de influencia menguante cometía cada vez más disparates, incurría en más gastos, más deudas y más humillaciones para mantener su amor, mientras que el nuevo se beneficiaba de sus favores hasta el momento en que ella, utilizando como coartada unos injustificados celos que su furia española no podía refrenar, lo sustituía por un tercero.

En el caso de Jurgens, la cosa acabó en suicidio, al que siguieron los de otros seis hombres, que no tenían dinero para poseerla; el último se arrojó a las ruedas del coche en el que iba la Bella de paseo por el bosque de Boulogne.

La bailarina triunfaba en los escenarios europeos y americanos y seguía desplumando caballeros, cada vez más ilustres, como el gran duque Nikolai Nikolaievich o el mismísimo zar de todas las Rusias Nicolás II. Bertie, o sea, Alberto I de Mónaco, fue otro de los incautos coronados que conoció en un antro parisiense, el Bal Tabarin. Tenía una economía boyante proveniente del Casino monegasco, lo que le facilitó la “pesca” (literalmente) de la Bella lanzándola de cebo desde un balcón del tugurio un hermoso collar de perlas.

Todo era así de excesivo con Carolina. Los regalos de joyas y el dinero que inmediatamente ella se gastaba en los tapetes de juego era el único modo de poder lucir a Carolina del brazo. Poseerla daba lustre a, por ejemplo, el kaiser Guillermo (Willy, para Lina), al entonces príncipe de Gales Eduardo VII y más tarde a Alfonso XIII, todos ellos suministradores de fichas de casino para la Bella. A los 46 años se retiró y se dedicó sólo a jugar, hasta acabar viviendo en una habitación en Niza. Murió a los 96 años sola y arruinada. Fue el final de aquella a quien José Martí había dedicado los versos: “Ya llega la bailarina: / soberbia y pálida llega: / ¿cómo dicen que es gallega?/ Pues dicen mal: es divina”.

Su único amor: el juego

Una de las pocas frases sinceras de Carolina fue cuando declaró que ella había sido esclava de sus pasiones pero nunca de los hombres, porque el paradigma de la belleza y la sensualidad de toda una época sólo tuvo un gran amor en su vida: el juego. “La verdadera pasión es cuando uno se olvida de todo, cuando se olvida de sí mismo, y eso sólo me lo ha dado el juego; existen para mi dos placeres incomparables en esta vida: uno es ganar, el otro perder.”

El cálculo de lo que pudo ganar y gastarse, en valor actual, lo ha hecho Carmen Posadas en su interesante libro. Parece que en una sola noche perdía 1.800.000 euros, y según dijo, en una partida en la que el color rojo (su favorito) salió 23 veces seguidas ganó casi 400.000 euros.

Entre 1900 y 1914, Carolina Otero se gastó en el casino 27 millones de euros cada año. De ella fueron las joyas más caras de la época, como el collar de Maria Antonieta y el de Eugenia de Montijo y una prenda de vestir suya con pedrería se vendió en una tienda parisina a unos 6 millones de euros actuales; además de casas, fincas, yates y hasta una isla.

Desde 1895 hasta 1948 perdió 40 millones de dólares de la época, sobre todo en Montecarlo, pero hasta en su propia casa tenía ruleta. ¿Qué lleva a una persona a dilapidar así? Si tuviéramos que compararla con alguien actual, la Bella sería Michael Jackson. Tras una infancia desgraciada, se hizo inmensamente rica demasiado pronto. La Bella fue, como el rey del pop, un juguete roto.

Etiquetas: Historia, Mujeres

COMENTARIOS