Jacques Anquetil, el deportista más atípico

Fue el primer ciclista que ganó cinco veces el Tour de Francia y, al mismo tiempo, un vividor entregado a todos los excesos: sexo, alcohol, drogas y buena mesa.

Anquetil

El periodista británico Paul Howard escribió una biografía del legendario ciclista francés Jacques Anquetil (1934-1987) titulada Sexo, mentiras y manillar. Podría haber añadido alcohol, drogas y buena mesa a las señas de identidad del primer hombre capaz de ganar cinco veces el Tour de Francia –en 1957 y consecutivamente de 1961 a 1964–, así como las otras dos grandes pruebas por etapas (Giro de Italia y Vuelta a España), pero cuyas hazañas atléticas fueron parejas a las etílicas y amatorias.

Anquetil era hijo de un agricultor normando. Empezó a montar en bicicleta a los cuatro años y decidió hacerse profesional cuando vio que su amigo Maurice Dieulois ligaba más gracias a la bici. En 1952, a los 18 años, su padre le dio permiso para fichar por un equipo, en vez de dedicarse a recolectar fresas como él, a condición de que ganase dinero: dicho y hecho. Jacques triunfó desde el primer momento en casi todas las carreras prestigiosas en las que participaba y en 1957 se alzó con el primero de sus cinco Tours.

Rubio, espigado, carismático, inteligente y calculador, administraba sus fuerzas para ganar a base de estrategia, por lo que nunca conquistó el corazón de los franceses, que prefirieron a su gran rival, el esforzado Poulidor. Millonario tras una carrera triunfal, en 1969 se retiró a disfrutar de la vida en Le Domaine des Elfes, un castillo normando que había pertenecido a Maupassant. Allí reunió a su particular harén: su compañera Janine (exmujer de su médico deportivo) y la hija de ésta, Annie (con la que tuvo una hija, Sophie), que durante años compartieron su lecho, otras aventuras ocasionales y, algo más tarde, Dominique, la mujer de su hijastro Alain, que tuvo otro niño de Anquetil: Cristophe, a la vez hermano y primo de Sophie. Esta última fue quien dio a conocer la historia en un escandaloso libro.

Al contrario que tantos deportistas de élite, Anquetil nunca cuidó su alimentación. O mejor dicho, la cuidó a su manera. Fue un bebedor sistemático de buen vino, que él mismo cultivaba en 700 hectáreas de viñedos en Normandía. La actividad deportiva extrema tampoco le impedía tomar champán, ostras y langostinos durante los días de competición. Era un hedonista que preparaba las carreras bebiendo en el bar y jugando a las cartas hasta altas horas de la noche. Su lema: “Para ser bueno sobre la bicicleta hay que ser bueno en la mesa y alegre en la vida”.

También fue un constante y pragmático consumidor de anfetaminas –“¿Usted cree que se puede ganar el Tour a base de glucosa?”, contestó a un periodista que le criticaba por ello–, si bien es cierto que era una práctica extendida entonces en el pelotón. Pero el normando nunca lo negó y eso no le impidió recibir la Legión de Honor de manos del presidente De Gaulle. El cuento acabó en 1987, cuando Anquetil murió de una afección de estómago, con 54 años.

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