¿Por qué necesitamos explorar nuevos mundos?

El espíritu de la exploración no se agotará jamás mientras la imaginación continúe rigiendo nuestra curiosidad.

Elena Sanz

nuevos-mundosAunque las motivaciones basadas en la profundización del conocimiento humano dieron paso a la ambición de poseer territorios, riquezas o fama, el espíritu de la exploración no se agotará jamás mientras la imaginación continúe rigiendo nuestra curiosidad y conservemos vírgen la capacidad de entusiasmo y asombro.

El ser humano se parece mucho a otros bichos, salvo por el hecho de estar superdotado de una mentalidad creadora capaz de proyectar visiones de mundos extraños. Los chamanes realizan exploraciones por los dominios del espíritu, impulsados por los ritmos de sus tambores y los éxtasis de sus drogas excitantes. Para una mente liberada de los límites de su entorno físico, el barril de Diógenes puede adquirir las dimensiones del mundo entero o incluso del universo. A Newton le hacía falta que su ayuda de cámara le condujese al comedor de su colegio por no poder nunca acordarse del camino, pero era capaz de surcar el cosmos con su imaginación.

Kant no quiso salir de las calles rutinarias que solía pasear diariamente por su ciudad de Königsberg, pero su pensamiento llegó hasta los últimos confines de nuestro mundo moral. Todos los grandes viajes hacia zonas desconocidas empiezan en los cerebros de los aventurados. Por contra, las motivaciones de la gran mayoría de los pioneros que han abierto y dado a conocer las rutas que conectan y mezclan las culturas del mundo han sido poco inspiradoras. Su búsqueda hacia nuevos horizontes y destinos vírgenes respondía a su anhelo de terrenos, riqueza, poder, penitencia, proselitismo, o, a veces, mera supervivencia. Las primeras exploraciones de la especie Homo sapiens -el hallazgo lento y vacilante de las rutas que conducían desde nuestro lugar de origen en África del este hacia el resto del mundo- se iniciaron a lo mejor hace unos 100.000 años por jóvenes expulsados o refugiados de sus comunidades a causa de la ferocidad de la competencia sexual.

Datos etnográficos y geográficos, productos tropicales y un bailarín pigmeo


A veces interviene la curiosidad científica. El primer explorador a quien conocemos por su nombre era Harkhuf, un oficial egipcio de finales del tercer milenio antes de Cristo. Su objetivo principal era investigar en nombre del faraón Pepi II las zonas que quedaban más allá de las cataratas del Nilo, donde recogía especímenes de los productos tropicales -entre ellos, un bailarín pigmeo que fascinaba al joven faraón-. Los grandes viajeros de la Grecia presocrática, Piteas y Herodoto, aprovechaban para reunir datos etnográficos y geográficos. Los peregrinos budistas chinos que se dirigían a la India en las épocas de Fiangxan y Xiangzu regresaban a su país cargados de relaciones topográficas y textos sagrados.

Los geógrafos medievales, como Adán de Bremen en el mundo cristiano e Idrisi en el islámico, interrogaban a los peregrinos, mercaderes y guerreros llegados de lugares remotos para conocer la realidad del globo terráqueo. Ibn Battuta, el viajero más pertinaz de la Edad Media, empezó viajando como peregrino pero terminó vencido, según nos cuenta él mismo, por la curiosidad pura y absoluta.

nuevos-mundos-2No obstante, en la Antigüedad y la Edad Media el valor de los viajes se calculaba más por sus efectos transmutativos y numinosos, que conferían supuestos beneficios espirituales, que por sus aportaciones a la ciencia. Los comerciantes se apreciaban por sus objetos de consumo exóticos; los conquistadores, por su supuesta divinidad; los naufragados, por su proveniencia del horizonte divino y su resistencia a los castigos de la naturaleza; y los peregrinos, por la santidad que les confería su contacto con las fuentes de misterios lejanos. Cuando el almirante Zheng He volvió a China después de haber recorrido el Océano Índico en sus siete viajes de principios del siglo XV, las criaturas exóticas que traía consigo -sobre todo las jirafas, que a los sabios de la corte china les recordaban a los unicornios legendarios- significaron, más que el acceso a nuevos especímenes científicos, una fuente de buenos augurios y una muestra de aprobación divina hacia el emperador.

A los exploradores europeos de fines de la Edad Media y principios de la Edad Moderna solemos calificarlos de inauguradores de una nueva época y precursores de la Revolución científica. Hasta cierto punto, se trata de una reputación merecida. Alvise da Mosto, que se unió a la tripulación en uno de los viajes por las costas de África del oeste patrocinado por el infante don Enrique de Portugal en 1455, afirmó que su única motivación era lograr saber más del mundo. Colón emprendió sus viajes para escapar de su modesto rango social y ascender a la nobleza inspirándose en romances de caballería, pero insistió en su "deseo de conocer los secretos del mundo." Vespucio no sabía manejar ni el cuadrante ni el astrolabio, pero se felicitó por intentar conseguirlo. Incluso Cortés, centrado estrechamente en someter reinos y conseguir oro, se detuvo para observar la caldera de Popocatepetl. Francisco Hernández se trasladó a América en 1575 para conocer su botánica. Thomas Harriot fue a Virginia, en 1585, en la esperanza de mejorar su dominio de la astrología y de la alquimia, consideradas ciencias en aquel entonces.

Los grandes éxitos de aquellos tiempos se debieron más que nada al valor a veces temerario de algunos individuos. Predominantemente, empero, el gran reto y la actividad principal de los exploradores de la época fue la búsqueda de nuevas rutas marítimas. Parece mentira que al cabo de 50.000 años -o más, si tenemos en cuenta las pruebas contestadas de que el Homo erectus sabía navegar hace unos 800.000 años- todavía no se conocieran las rutas de ida y vuelta a través de los océanos Atlántico ni Pacífico, y que las grandes culturas del Nuevo Mundo quedaran desvinculadas de sus homólogos euroasiáticos y africanos. Para cruzar esos mares, hacía falta aventurarse con viento a popa, lo que hoy en día nos parece lógico y sencillo, pero que en aquel entonces parecía situarse al borde de la locura.

Lo normal para un viaje de exploración hacia destinos desconocidos era navegar con el viento contrario, por la necesidad absoluta de asegurar el viaje de vuelta. Los precursores de Colón, que intentaron cruzar el Atlántico partiendo de las Azores a mediados del siglo XV, fracasaron por elegir, muy comprensiblemente, latitudes donde los vientos soplaban hacia el este. El genio o locura de Colón consistió precisamente en optar por las latitudes de las Canarias, donde los vientos alisios conducían hacia el oeste. Los descubrimientos de Vasco da Gama, que halló la ruta de acceso al océano Índico desde el Atlántico en 1497, y de Fray Andrés de Urdaneta, piloto de las rutas de ida y vuelta por el Pacífico en 1565, se realizaron debido al mismo espíritu arriesgado.

Gracias a sus esfuerzos y a los de varios contemporáneos suyos, se fueron descifrando poco a poco los vientos y corrientes que recorrían y conectaban el mundo y cuyo patrón -la traza de sus circulaciones y oscilaciones en la superficie del planeta- fue desvelándose poco a poco. Hacia fines del siglo XVI, las grandes civilizaciones del mundo, aisladas unas de otras hasta ese momento, ya estaban en contacto. Las rutas de los exploradores permitieron unificar el rico y densamente poblado arco que se extendía desde China y Japón a través de las zonas centrales y sureñas de Eurasia hasta los confines del Atlántico, prolongándose allende los mares hasta el Caribe y las zonas de las culturas andinas y mesoamericanas.

En la segunda década del siglo XVII, los exploradores holandeses abrieron la última de las grandes rutas de conexión mundial al seguir los vientos del oeste en los Mares del Sur y virar hacia el norte arrastrados por la Gran Corriente de Australia, hasta desembocar en las Islas de las Especias. Hacia fines del siglo, los navegantes europeos habían surcado todas las costas de todos los continentes menos la Antártida, algunas zonas de Australia y la costa ártica de América del Norte. El mapa del mundo que construyeron sus sucesores en el siglo XVIII no dista mucho en el perfil de las costas de las fotos sacadas por los modernos satélites de exploración. Las expediciones por el Pacífico de Cook en los años 60 y 70 de aquel siglo y de Malaspina desde 1789, a pesar de abarcar motivaciones imperiales, comerciales y estratégicas, resumían los ideales racionalistas de la Ilustración, recopilando documentos, reuniendo especímenes y divulgando imágenes y descripciones. La misma forma del planeta logró conocerse por entonces: las expediciones promovidas por la Academia Real de París, en 1735, al Ecuador y al Círculo polar ártico para medir la superficie de la Tierra constataron que -al contrario de las tesis mantenida por la geografía tradicional- la Tierra no era una esfera perfecta, sino que correspondía a la forma que Newton había concebido en su imaginación: como una naranja, apretujada por sus propios extremos. La exploración, que se había iniciado por la fuerza de la imaginación humana, seguía proporcionándole información y terminó transformándola.

En los siglos XIX y XX entran en escena dos factores nuevos: en primer lugar, el nacionalismo suscitó un concepto chauvinista de la exploración, que se convirtió así en una serie de carreras para descubrir tierras, describir entornos, cruzar desiertos, conquistar cumbres y plantar banderas en lugares remotos por motivos, sencillamente, de prestigio nacional, sin preocuparse en exceso por la utilidad de tales logros. Luego, la financiación creciente de los medios de información y entretenimiento dio lugar a un recrudecimiento de la vanagloria, el sensacionalismo y la sed de notoriedad entre los propios exploradores. Una serie de carreras diversas -para trazar el curso del Nilo, encontrar o "rescatar" a Livingstone y Emin Pasha, ninguno de los cuales estaba perdido ni necesitaba rescatarse, llegar a los polos, escalar el Everest, aterrizar en la Luna o batir todo tipo de récords- deformaron las motivaciones de los modernos exploradores, separándoles de la tradición predominantemente científica de la época de la Ilustración. Mientras tanto, sin embargo, la multiplicación de universidades e instituciones, así como de profesionales científicos, ha contribuido a compensar las desatenciones de gobiernos y patrocinadores comerciales distraídos en proyectos triviales.

Hoy en día, los confines aún no explorados y cuya cartografía y documentación quedan por completar son las profundidades oceánicas, las capas interiores de la Tierra y el espacio exterior. Pero el espíritu de la exploración no se da jamás por terminado, ni siquiera en las zonas más recorridas ni más habitadas por los hombres, porque las regiones ya exploradas siguen siendo mutables y dinámicas, y nos revelan siempre nuevas especies o efectos inadvertidos de los cambios climáticos y geológicos. Y siguen invitándonos a explorarlas de nuevo, con un interés siempre renovado.

Felipe Fernández-Armesto

Etiquetas: América, Europa, Exploradores, Historia, Historia de España

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