Incógnitas del pasado

Elena Sanz

Incógnitas de la historiaNunca seremos capaces de descifrar la Historia por completo. Esa dificultad por desentrañar los acontecimientos del pasado nos atrae sin remedio y hace que los hechos cargados de sombra, los más difusos, sean precisamente los que nos resultan más atractivos.

La historia se repite siempre: tiranos, ponzoñas, conjuras, palacios llenos de sangre o de joyas, revueltas populares, mapas sobre la mesa de quienes se reparten los territorios. "El pasado no es nunca pasado", decía Marguerite Yourcenar, frase que es eco de otra de Faulkner: "el pasado casi no es". Leamos las memorias de Chateaubriand, las crónicas florentinas de Maquiavelo o los anales de Tácito, seguro que encontramos todo el posible repertorio de conflictos, soluciones y zancadillas que ofrece hoy la escena pública. Todas las variantes del éxito o del fracaso, de la tragedia o de la farsa, de la maldad o del idealismo. También es muy posible que hallemos las múltiples, casi infinitas, variantes de los enigmas históricos, pues los hechos del pasado no son más que muros en ruina, paredes en sombra, a los que las ideologías y las religiones, los intereses creados, las pasiones y los sueños humanos han cargado de más y más dosis de fantasía. Muchas veces, hasta acercar esos hechos a los dominios de la literatura; en ocasiones, hasta confundirlos con ella. Los historiadores, que han de escribir los hechos no como debían ser sino como fueron, sin quitar a la verdad cosa alguna, se ven constantemente asaltados por la duda, enfrentados a enigmas que abren la imaginación a una tercera y aun a una cuarta dimensión, que no es la del sueño solamente: ¿Es verdad que Felipe II ordenó asesinar a su hijo don Carlos y a su mujer Isabel de Valois? ¿Fue Miguel de Molinos, el místico español del siglo XVII, un hereje, como para su desgracia dictaminó Roma? ¿Conspiraban los jesuitas contra la monarquía de Carlos III?

El pasado es un mundo desconocido repleto de enigmas, un inmenso país extranjero poblado de personajes inalcanzables. Pocas épocas como la de la Antigüedad ofrecen más interrogantes al historiador y más motivos de inspiración a los creadores de la novela histórica, siempre a la caza de misterios y personajes oscuros. Miremos a Tutankhamón, por ejemplo, un faraón sobre el que todavía se sigue especulando. Sobre él pesa la posibilidad de que fuera asesinado por su consejero, Ay, que a su muerte ocupó el trono durante cuatro años. Le sigue la manipulación de la memoria realizada por el general Horemheb y sucesor de Ay, que borró los nombres de sus antecesores, desde el hereje Akhenatón al ambicioso consejero, pasando por el desafortunado Tutankhamón. Y, por supuesto, está la misteriosa maldición que perseguía a quienes osaron violar su última morada.

Los dos personajes más enigmáticos de la historia de Egipto: Cleopatra y Tutankhamón

Howard Carter no podía imaginar que el fabuloso hallazgo de la tumba de Tutankhamón en el Valle de los Reyes abriría la puerta a un interrogante sin respuesta, un enigma reforzado con el hallazgo de una lesión en el cráneo de quien fuera dueño del país del Nilo. ¿Esta lesión se debe a un fuerte mazazo ejecutado por ambiciosos verdugos, a un accidente de caza o no es más que el rastro que deja un tumor cerebral? Las hipótesis son abundantes y muy dispares, pero la verdad de lo sucedido en los últimos días del faraón Tutankhamón ya no está a nuestro alcance. Nunca sabremos con total certeza si fue víctima de una conjura palaciega o de un tumor. En realidad, la única cosa cierta que conocemos del joven faraón es que murió a los 19 años. De él se puede decir lo mismo que Kavafis dijo de Cesarión, el hijo de Cleopatra y Julio César:

Ah, ahí estás, con tu indefinido
encanto. En la historia hay tan sólo
unas pocas líneas sobre ti,
de modo que puedo moldearte más libremente en mi
pensamiento.


"Cosas maravillosas". Eso respondió Carter a lord Carnarvon cuando éste, con voz emocionada, preguntó al tenaz egiptólogo británico: "¿Qué ve?". Tesoros aún más sobrecogedores que los encontrados por Carter en el Valle de los Reyes es lo que ahora esperan descubrir, cerca de Alejandría, dos equipos de arqueólogos, uno egipcio y otro de la República Dominicana. La tumba que buscan no es otra que la de Antonio y Cleopatra, que según Zahi Hawass, director del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, podría ser mayor que la de Tutankhamón. Ambos personajes, Tutankhamón y Cleopatra, son los más enigmáticos de la historia del misterioso Egipto de los faraones. Ambos están rodeados por la leyenda. Tutankhamón inspira piedad. Cleopatra, la última soberana del tres veces milenario reino de Egipto, nos fascina. Y esto a pesar de que la mayor parte de los datos sobre ella provienen de los propagandistas de Octavio Augusto César, empeñados en desacreditar a la reina de Egipto y a su amante Marco Antonio, mostrando al segundo perpetuamente ebrio y a la primera con el aspecto de una puta. Ni el fino Plutarco, cuando pintó el encuentro de Cleopatra y Antonio en Tarso, escapó a la leyenda romana de la reina de Egipto: una mujer ávida de lujuria, seductora, a pesar de su nariz imperfecta, y en resumen una vampiresa, algo similar a la gran ramera de Babilonia. Shakespeare y el cine actuaron después de inesperado cosmético, abundando en la leyenda rosa de los dos amantes, espesando la historia de amor loco entre el cónsul romano y la reina del Nilo, elevando al plano del espíritu a Antonio y a Cleopatra al plano de las grandes heroínas trágicas de la Historia.

Lujo, amor y alta política, es cierto, se cruzan en la biografía de la última reina del Egipto ptolemaico, fundado por uno de los generales amigos de Alejandro Magno. Pero la realidad fue, sin duda, distinta de la que nos contaron los enemigos de Antonio y el cineasta Joseph L. Mankiewicz. Ni puta ni princesa de folletín. Lo poco que se ha salvado de la historia no oficial da una imagen muy distinta de Cleopatra: una mujer inteligente y culta, que además del latín y el griego, hablaba las lenguas de todos sus dominios. Cleopatra reinó sobre el cadáver de su hermano Tolomeo XIII, ocupó el trono de Egipto usando a Julio César y soñó, junto al triunviro Marco Antonio, una dinastía que uniese para siempre los destinos de Egipto y Roma, con capital en Alejandría.

La enigmática reina y su amante Antonio no fueron víctimas de la lujuria, ni del amor, sino del fracaso. Quisieron ser reyes de reyes. Pero Octavio destruyó aquel sueño en la batalla naval de Actium. Marco Antonio se suicidó y Cleopatra, prisionera de Roma, rechazada por Octavio, optó también por quitarse la vida. El pasado, tal y como lo cuenta el mito, suele ser más literario que la verdad. Pero no por eso la verdad, siempre enigmática, resulta menos interesante. Hoy, los arqueólogos que persiguen la tumba de Antonio y Cleopatra en las cercanías de Alejandría sostienen que las 22 monedas halladas en el lugar de excavación indican que la reina del Nilo era realmente bella, desacreditando las versiones que cuestionaban el atractivo de Cleopatra. Hace más de un siglo, historiadores y arqueólogos se preguntaban si la guerra de Troya ocurrió de verdad, si el asedio de Troya era Historia o una mera invención de Homero y otra serie de poetas menores de la Grecia antigua.

La labor detectivesca del historiador

Durante años, décadas, Troya fue un tesoro para los historiadores del siglo XIX. A finales de esta centuria, tres arqueólogos descubrieron en la península de Anatolia el fantasma arruinado de la amurallada urbe cantada por Homero. Pero a pesar del valiosísimo hallazgo, el enigma de Troya siguió abierto a las más variadas conjeturas. ¿Fue Troya una ciudad poderosa, dominadora del tráfico marítimo entre Grecia y Asia? ¿O fue una ciudad sencilla y humilde, dedicada a la pesca, el pastoreo y la cría de caballos? Hoy nadie niega la existencia de Troya. No obstante, los restos arqueológicos desmienten su categoría de gran potencia. También que fuera destruida en una guerra devastadora como la que Homero dejó resonando en la memoria humana.

Al historiador, que a veces no difiere mucho del detective, le agradan los enigmas. El británico Edward Gibbon dedicó todos sus esfuerzos a esclarecer uno de los más fascinantes de la Historia. ¿Por qué se hundió el Imperio Romano? "Fue el 15 de octubre de 1764" ?recuerda Gibbon? "cuando me encontraba meditando entre las ruinas del Capitolio; mientras los frailes descalzos cantaban las vísperas en el templo de Júpiter?" En ese momento, según el historiador, surge en su mente la idea de escribir sobre la decadencia y caída de Roma. "Las ideas que los libros pueden habernos transmitido sobre la grandeza de este pueblo" ?escribe Gibbon a su padre desde la ciudad eterna?, "su relato sobre el momento más floreciente de Roma queda infinitamente corto ante la imagen de sus ruinas." Para el historiador británico, que vació su vida en el estudio y narración del hundimiento gigantesco de Roma, la destrucción del Imperio se debió al triunfo conjunto de la barbarie y el cristianismo. Pero el enigma de la decadencia y caída de Roma aún permite toda clase de respuestas, desde la ascensión del cristianismo y las invasiones bárbaras, hasta el agotamiento del suelo en el sector rural o la corrupción de las costumbres.



La dificultad de dilucidar la realidad de la ficción es la verdadera esencia de las leyendas

El de los césares fue un mundo abierto, con un solo idioma -el latín-, con un solo derecho ?el romano?, con buenas comunicaciones y, lo más importante, con maestros griegos y embajadores culturales dispuestos a viajar a cualquier parte. Más que el proceso de su ruina, la cuestión más enigmática quizá sea por qué el Imperio Romano duró tanto tiempo. Después de todo, dioses y civilizaciones pasan, mueren, y es más fácil ascender o hundirse que mantenerse en la cumbre.

La ruina de Roma fue la ruina de Europa, condenada a la oscuridad, cabizbaja bajo el cielo nocturno de la barbarie. Un cielo cada vez más estrellado, pues la Edad Media no estuvo totalmente inmóvil. Para el islam hispano, por ejemplo, fue un largo periodo de esplendor. En cualquier caso, en la primera mitad del siglo XV, cuando el enigmático Enrique el Navegante soñó con superar la barrera del océano Atlántico, ya estaba renaciendo en toda Europa el sentido de la aventura y de la inventiva. En 1460, el infante legó a Portugal los mejores barcos, los más adelantados de la época, y los hombres de mar mejor dispuestos para la conquista del océano. Llegaba el tiempo de los exploradores, que situaría a la monarquía de los Reyes Católicos al frente de las potencias marítimas.

leyenda-negraEl enigma de Colón

Era la hora de los descubrimientos. Ninguno tan significativo como el Descubrimiento de América. Ninguna expedición tan literaria como el viaje de las tres carabelas al otro lado del Atlántico. Tampoco hay otro explorador más rodeado de interrogantes que Cristóbal Colón. Los vacíos de su biografía han dado pie a infinitas preguntas, y a pesar de que, por muy sorprendente que pueda parecer, tanto Colón como la empresa del Descubrimiento se explican perfectamente a partir de las coordenadas de su tiempo, las incógnitas que persiguen al gran aventurero, siguen suscitando el interés de ensayistas y escritores de todo tipo. Entre todos esos interrogantes, destacan dos: sus orígenes geográficos y familiares, que han motivado numerosos debates y, por supuesto, el llamado secreto que presumiblemente guió sus pasos hacia el Nuevo Mundo. Como el de Cleopatra, el enigma de Colón es capaz de inspirar grandes relatos. Léase, por ejemplo, la excelente novela de Roa Bastos, Vigilia del almirante, donde el novelista paraguayo se inventa la historia de un misterioso piloto, buen navegante y mal cartógrafo, que habría propiciado la magna aventura de Colón.

Pero el del descubridor de América no es el único enigma que puebla la larga historia de España. El mítico reino de Tartessos y el arrianismo de los godos, el secreto de las órdenes militares y la Leyenda Negra de los Austrias, la impostura del Pastelero de Madrigal en la corte portuguesa de Felipe II, la expulsión de los jesuitas después del motín de Esquilache, las negociaciones de Franco con la Alemania en guerra de Hitler o el 23 F son un pequeño ejemplo de los interrogantes, dudas, repliegues o penumbras que aún pueblan nuestra historia. Lejano o cercano, nuestro pasado es un mundo agujereado de enigmas, un inmenso país extranjero lleno de lagunas, un territorio poblado de personajes inalcanzables, algunos tan inasibles como la Dafne del mito griego, aquella ninfa que al ser alcanzada por Apolo se convertía en otra cosa, en laurel.

Fernando García de Cortázar

Etiquetas: Egipto, España, Historia

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