Grandes migraciones de la historia. Viajeros a la fuerza

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En algunos periodos de la Historia, la pobreza, la violencia social, el colapso de unos Estados y la formación de otros nuevos han provocado movimientos masivos de población entre países y continentes contra la voluntad de sus protagonistas. Gente famélica huyendo de grandes hambrunas, personas esclavizadas, minorías étnicas o individudos perseguidos por causas raciales, políticas y religiosas o pertenecientes al bando derrotado en una guerra han sido arrancados de cuajo de sus lugares de origen para iniciar una nueva vida, casi siempre penosa, en otro lugar del mundo. Judíos, palestinos, armenios, griegos, irlandeses, africanos de todo el continente..., son algunos de los pueblos que se han visto obligados a errar por el planeta en algún momento de su historia.

Durante el siglo XIX, la población de Irlanda, cuya alimentación dependía casi por completo de la agricultura, sufrió agudas crisis de subsistencia provocadas por diversas epidemias que afectaron a la patata. La situación se hizo especialmente crítica en 1845, cuando una enfermedad vegetal llamada mildiu de la patata arrasó las plantaciones de este tubérculo, llevando a la muerte por inanición a más de un millón de personas en la isla. El gran hambre del periodo 1846-1850 provocó, además, que dos millones de irlandeses de un total de siete millones emigraran a Gran Bretaña o a Estados Unidos, aprovechando las facilidades que entonces daba el país norteamericano a la inmigración. Otras naciones europeas dependientes de la patata, como Alemania, Rusia y Polonia, también sufrieron una fuerte emigración durante la misma época. Actualmente, según la FAO, entre 750 y 800 millones de personas sufren las consecuencias del hambre, fundamentalmente en el continente africano, provocando a veces éxodos masivos a los países vecinos o, para los más afortunados, a la Unión Europea, Australia y América del Norte.

El comercio negrero

Pero pocos episodios de traslados forzosos de grandes contingentes humanos ha habido tan crueles y a la vez tan determinantes para la redistribución del mapa demográfico mundial como el comercio de esclavos africanos -llamado trata de negros- entre 1500 y 1850, durante la colonización de América por las naciones europeas. Los descubridores del Nuevo Mundo intentaron en principio usar a los indígenas para explotar las plantaciones y minas, pero ante el escaso rendimiento de éstos, que fueron diezmados por las enfermedades, recurrieron a esclavos negros importados de África. La operación contó con la aprobación de la Iglesia, tras autorizar el papa Nicolás V a los portugueses a conquistar las tierras en poder de los sarracenos y esclavizar a sus habitantes. Un negocio a gran escala fue montado por empresas como la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales o la Compañía Real Africana, de propiedad inglesa, que monopolizaron el violento tráfico esclavista durante el siglo XVII. La Corona española solía concertar asientos con ellas o con negreros alemanes o portugueses para adquirir mano de obra para sus colonias. La primera fase de la trata era la captura de los negros en sus aldeas por negros de otras tribus o etnias, quienes los encerraban en castillos levantados a lo largo de la costa, a la espera de que llegaran los negreros europeos. Éstos adquirían la mercancía humana, en su mayoría originaria de las zonas costeras situadas entre Senegal y Angola, y la trasladaban por mar a los mercados de esclavos de América, donde su nuevo dueño los marcaba con hierro candente.

Los barcos de la muerte

El viaje en los barcos se realizaba en tales condiciones de hacinamiento, hambre, sed y falta de higiene que el 25 por 100 de los esclavos murieron durante la travesía. El número exacto de seres humanos arrancados a la fuerza de su tierra es difícil de precisar, pero se calcula que entre los siglos XVI y XIX unos 12 millones de negros cruzaron el Atlántico. El resultado fue la devastación de África, despoblada de personas en edad productiva, y la alteración del mapa genético del continente americano, donde los negros forman hoy un importante sector de la población, especialmente en América del Norte, Centroamérica, Antillas, Guayanas y Brasil.

Otras especies de migraciones forzosas, cuya magnitud ha superado a veces a las realizadas por causas económicas, han sido las producidas por motivos políticos, religiosos y bélicos. Existen precedentes a comienzos de la Edad Moderna, como la expulsión de los judíos y moriscos españoles por los Reyes Católicos o el caso de los miles de protestantes y católicos europeos que tuvieron que refugiarse en otros países por las guerras de religión que sacudieron el continente en los siglos XVI y XVII.

Europa deconstruida

Pero el siglo XX se ha llevado la palma: los conflictos bélicos y los cambios de fronteras y regímenes han provocado el desplazamiento de unos 45 millones de personas en Europa. La Primera Guerra Mundial dio lugar al traslado de 8 millones, cifra que se elevaría a casi 30 en la Segunda. Por si fuera poco, en el periodo entre ambas contiendas hubo numerosos ajustes demográficos, con emigraciones constantes desde Alsacia, Lorena, Polonia y los desintegrados imperios otomano y austrohúngaro hacia otros estados. El Tratado de Lausana (1923) provocó el movimiento de 1 millón de griegos desde Anatolia y Asia Menor a Grecia y de 300.000 turcos en sentido opuesto.

La Guerra Civil española condujo al exilio a casi 1 millón de personas, la mayoría de ellas hacia Francia y América Latina, y durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis desplazaron a cerca de 12 millones de europeos -polacos, rusos, franceses, belgas, holandeses...- para realizar trabajos forzados en Alemania. Después, cientos de miles de judíos abandonaron la URSS, Polonia, Alemania y Austria con destino a América o al nuevo estado de Israel, y millones de alemanes tuvieron que expatriarse tras los cambios de fronteras.

Grandes migraciones de la historia. Viajeros a la fuerzaTambién Asia ha sido escenario de migraciones forzadas. En 1947, la independencia y división del subcontinente indio en dos estados -India, hinduista, y Paquistán, musulmán- provocaron el desplazamiento por motivos religiosos de 16 millones de personas, mientras 4 millones de coreanos tuvieron que emigrar por la partición de su país en dos. Parecida circunstancia dejó sin tierra a 2 millones de palestinos que, con nutrida presencia en Jordania, Siria y Líbano, constituyen la población de refugiados más antigua; hoy, una cuarta generación sigue viviendo en los campamentos que levantaron sus bisabuelos.

Actualmente, ACNUR cifra en 50 millones las víctimas de desplazamientos forzosos, incluyendo refugiados, solicitantes de asilo, apátridas y desplazados internos. Aunque según el Convenio de Ginebra de 1951 se considera refugiado a quien se ve obligado a emigrar al sentirse perseguido por causa de su religión, raza, nacionalidad o ideas políticas, países como Australia y Canadá incluyen también la persecución por motivos de sexo, para beneficiar a las mujeres víctimas de violaciones, violencia doméstica y mutilación, así como a los homosexuales.

Campos que refugian poco

En años recientes, el conflicto que provocó mayor movimiento demográfico forzoso fue la guerra de Yugoslavia, con 4 millones de desplazados. En África, el hambre y las guerras han expulsado de sus hogares a 4 millones de sudaneses, 1,5 millones de liberianos y 625.000 ruandeses. Sierra Leona, Tanzania, Guinea y Etiopía cuentan también con masas de refugiados, muchos de ellos asentados en campos cercanos a las zonas de conflicto, donde las mujeres y niñas son vulnerables a ser violadas y atrapadas en redes de explotación sexual. En Colombia, 1 millón de campesinos han tenido que moverse por la violencia terrorista. Las guerras de Chechenia, Azerbaiyán y Georgia han dejado un saldo de 1 millón de desterrados, mientras que hay unos 2 millones de desplazados kurdos y cifras similares en Afganistán, Irán, Sri Lanka, Timor y Birmania.

Luis Otero y Abraham Alonso
Grandes migraciones de la historia. Viajeros a la fuerza

Etiquetas: Descubridores, Exploradores, Historia

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