Garibaldi, el héroe romántico

El entusiasmo con que luchó por la unificación de Italia convirtió a Garibaldi en un héroe.

LO/AA
Giuseppe Garibaldi

Pocas biografías están revestidas de tal aura de romanticismo como la de Giuseppe Garibaldi, nacionalista a ultranza, masón y gran héroe del Risorgimiento, el proceso que culminó con la unificación de la península itálica. Garibaldi nació el 4 de julio de 1807 en Niza, entonces enclavada en el reino del Piamonte, en el seno de una familia de marinos. Muy pronto demostró poseer aptitudes para la navegación, y tras enrolarse en distintas tripulaciones con las que recorrió el Mediterráneo, fue nombrado capitán en 1834. Por esas fechas entró a formar parte de la Joven Italia, una sociedad política fundada por Giuseppe Mazzini cuyo objetivo era la unión de los Estados de la península, un fin que en su opinión sólo podía lograrse a través del levantamiento popular. Así, Garibaldi se involucró en el desastroso motín republicano del Piamonte. De hecho, el revolucionario no sólo no logró sus objetivos, sino que fue condenado a muerte en ausencia. Garibaldi se vio, pues, obligado a exiliarse y tras deambular por Túnez, puso rumbo a Sudamérica.

En Brasil conoció a Ana María Ribeiro da Silva, Anita, con la que además de cama, compartiría ideales revolucionarios. De hecho, Garibaldi encontró a la que se convertiría en su mujer tras la toma de la ciudad de Laguna, en el transcurso de la rebelión que en 1836 se desató en el estado brasileño de Río Grande do Soul. Seis años después, el caudillo, que participó en la guerra civil uruguaya, ingresó en la logia Les Amies de la Patrie y organizó una unidad militar conocida como La legión italiana. Al frente de ella, libró la batalla de San Antonio el 8 de febrero de 1846, que le valió el prestigio como militar en Europa.

Quizá por ello, en agosto de 1848 regresó a Italia junto con sus partidarios, a los que en sus Memorias describe como “chusma cosmopolita”. Allí, se unió a las fuerzas de Mazzini y plantó cara al ejército austríaco en Lombardía. Aunque en esa ocasión fue derrotado, logró contener durante un mes a los franceses que asediaban Roma. Tras su retirada, los austríacos redoblaron su acoso y le forzaron a abandonar una vez más Italia. Durante cinco años Garibaldi residió en Tánger, Staten Island (Nueva York), donde se dedicó a la fabricación de velas, y Perú. En 1854, el también masón Camilo Benso de Cavour, primer ministro piamontés, le propuso dirigir sus tropas, que se encontraban combatiendo a sus inveterados enemigos austríacos. Garibaldi, que de esa forma concluía su relación con la república de Mazzini y apostaba por una monarquía liberal, salió victorioso en Varese y Como, y tomó Brescia en junio de 1859. Esas acciones le permitieron dirigirse hacia otras zonas de Italia y así, en mayo de 1860, lanzó una ofensiva que acabó con el reino borbónico de Las Dos Sicilias.

 

Aunque en 1861 se proclamó el nuevo Reino de Italia y Víctor Manuel II, hasta entonces soberano de Cerdeña-Piamonte, fue coronado rey, los Estados Pontificios aún resistían sus intentos unificadores. Los intereses contrapuestos de Garibaldi y Víctor Manuel, que no deseaba atacar la Ciudad Eterna para no ganarse la enemistad de los católicos, les llevó a enfrentarse el 29 de agosto de 1862 en Aspromonte. En el transcurso del combate, el revolucionario cayó herido y fue hecho prisionero. Tras ser amnistiado, en 1867 volvió a intentar tomar los Estados Pontificios, de nuevo sin éxito. Su estancia en prisión no fue larga, y en 1870 ya se encontraba combatiendo codo con codo con los franceses contra los prusianos. Paradójicamente, la derrota de las tropas galas, que protegían Roma, permitió a los nacionalistas italianos hacerse con la ciudad. Garibaldi falleció con sus aspiraciones cumplidas en 1882, ocho años después de haber sido elegido diputado al Parlamento italiano.            

Etiquetas: Independencia, Italia, Revolución

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