España, campo de batalla

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Mucho antes de que las legiones de Julio César cruzaran sus armas con los orgullosos hijos de Pompeyo en suelo hispano, la península Ibérica ya había sido el escenario de algunas estremecedoras confrontaciones. El asedio de Sagunto o la carnicería de Numancia así lo certifican. Sin embargo, estos episodios son tan sólo dos gotas en el río de sangre que baña nuestra historia, no muy distinta, por cierto, de las de otros países del occidente europeo.

 

Y es que, desde la antigüedad, innumerables huestes de distintas etnias, religiones e ideas, ejércitos extranjeros o revolucionarios, lucharon en España por Dios, el poder, la secesión o la sucesión, nuestra y de otros. Peor aún, las guerras civiles tampoco nos son ajenas. Entre todos esos enfrentamientos a muerte, algunos episodios destacaron por su violencia, crueldad o implicaciones. Seleccionamos unos cuantos que, además, marcaron decisivamente la historia de España.

 


Munda (17 de marzo de 45 a. de C.): Los cimientos del Imperio

Alea iacta est. La suerte está echada. En el instante en que Julio César cruzó el Rubicón y se dirigió a Roma con sus legiones, el fantasma de la guerra civil se hizo muy real. Tanto, que la amenaza forzó al Senado y a los partidarios de Pompeyo, que había sido elegido cónsul único, a abandonar la Ciudad Eterna. Muchos se dirigieron a Hispania, donde Pompeyo acumulaba sus mejores tropas. El empuje de César, sin embargo, parecía imparable. Así, tras ser derrotado en Ilerda y en Farsalia (Grecia), en 49 a. de C., Pompeyo huyó a Egipto, donde fue asesinado.

 

Su muerte, no obstante, no supuso el fin de la guerra. Los pompeyanos se agruparon de nuevo en Hispania, alrededor de los hijos de su líder muerto, Cneo y Sexto. Éstos, acompañados por el hábil estratega Tito Labieno, lograron que se les adhirieran numerosos partidarios, entre ellos los fieles a la República.

 

La estrategia de los hijos de Pompeyo consistía en evitar el enfrentamiento directo. César, curtido en la guerra de las Galias, llegó a Hispania en 46 a. de C. y buscó el combate campal. Los pompeyanos dividieron sus fuerzas: Cneo sitió Ulia y Sexto se preparó para defender Corduba, una de sus más importantes plazas. Según el Bellus Hispaniense, los pompeyanos reunieron casi 13 legiones -unos 50.000 hombres-. Pocas, sin embargo, estaban tan preparadas como las de César.

 

Durante las escaramuzas previas, éste logró interponer su ejército entre el de Cneo y Corduba, y obligó a su enemigo a presentar batalla cerca de Munda, en un lugar sin ubicar que algunos sitúan en Montilla, otros cerca de Osuna...

Aunque en sus primeros momentos la batalla fue, según el propio César, "desesperada", un movimiento de la legión X cesariense y de la caballería, que rodeó a los pompeyanos, decidió la lid. En ella perecería Lavieno. Cneo fue encontrado poco después asesinado, pero Sexto se refugió en los Pirineos, desde donde acosó durante años a Octavio, primer emperador de Roma.

 

Munda fue una masacre. Allí perecieron 1.000 cesarienses y 30.000 pompeyanos. Para evitar más desórdenes, las ciudades que aún defendían la causa de Pompeyo fueron sometidas. En Corduba, César permitió a los soldados ensañarse con la población, un acto de barbarie que causó miles de muertos y puso fin a los levantamientos.

 

Navas de Tolosa (16 de julio de 1212): El ocaso de Al Andalus

 

Durante siglos, los textos árabes se refirieron a la batalla de las Navas de Tolosa como Al Ycab, "el Desastre", un choque decisivo que marcó un antes y un después en la Reconquista de la Península.

 

Los hechos se remontan a 1211. Aquel año, los supervivientes del sitio de Salvatierra advirtieron que un ejército almohade -la dinastía bereber que controlaba el sur de España desde hacía 65 años- había tomado aquella estratégica fortaleza y amenazaba la frontera de Toledo. Tan grave era la situación, que Alfonso VIII de Castilla solicitó el auxilio de los demás reyes cristianos de la Península. Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra prometieron ayuda y aunque Alfonso IX de León, en guerra con Portugal, no acudió, sí lo hicieron muchos de sus caballeros.

 

El contingente aliado estaba formado por 60.000 castellanos y otros 50.000 guerreros del resto de la España cristiana y de las órdenes militares. El ejército se engrosó además con miles de hombres de armas europeos, pues Rodrigo Ximénez de Rada, obispo de Toledo, había pedido al Papa que diera a la campaña el carácter de cruzada. Las tropas partieron de Toledo el 20 de junio y días después tomaron Malagón y Calatrava.

Pero Abu Abdalah Muhamad Al Nasir, el Miramamolín, califa de los almohades, no había estado ocioso. Sus 250.000 hombres esperaban a los infieles en el desfiladero de la Losa. Aquello imposibilitaba el avance de los cristianos, que se dirigían a la cercana planicie de las Navas de Tolosa. Se cuenta que entonces, un pastor, al que la tradición identifica con San Isidro, les mostró un paso -el Puerto del Rey- por el que accedieron a la llanura. Allí chocaron los ejércitos.

 

Durante el ataque, los castellanos, que ocupaban el centro de la hueste, fueron precedidos por los caballeros de las órdenes militares. Éstos destrozaron las primeras filas musulmanas, pero una arremetida del grueso de las tropas de Al Nasir cambió la suerte de la batalla. El violentísimo contraataque cristiano abrió brecha en el ejército almohade y llevó a sus capitanes hasta el cerco de cadenas sostenidas por esclavos que rodeaban la tienda del califa, quien huyó de la contienda. Así describe el cronista Ibn Abi Zar aquellos últimos momentos: "Los heraldos de Alfonso gritaban "matad y no apresad, el que traiga un prisionero será muerto con él". Fue esta calamidad el 15 de safar del 609. Comenzó a decaer el poder de los musulmanes desde esta derrota, y no alcanzaron ya victorias sus banderas; el enemigo se extendió por ella y se apoderó de (...) la mayoría de sus tierras". El botín era inmenso y la victoria había abierto a los cristianos el corazón de Al Ándalus.

 

Trafalgar (21 de octubre de 1805): Fuego sobre el agua

"Desarbolado del palo de mesana (...), desmontados cañones y baterías (...), rodeado de fuerzas tan superiores, y en tan mal estado el buque, se rindió el San Agustín -pero no la bandera del rey, (...) hasta que ya no hubo hombres en defensa-, tras cinco horas y cuarto de combate." El informe enviado por el comandante de aquel navío al malherido general Gravina ilustra la ferocidad de la batalla de Trafalgar, uno de los combates navales más cruentos de la historia. El barco había repelido tres abordajes y el ataque simultáneo de cinco naves inglesas antes de rendirse, una situación que afrontaron ese mismo día muchas otras embarcaciones españolas.

 

La tarde anterior a la batalla, los fieles se agolpaban en la iglesia del Carmen, en Cádiz. Presentían que la catástrofe se cernía sobre la flota combinada francoespañola, integrada por 18 navíos franceses y 15 españoles, que permanecía refugiada en la ciudad. Allí estaban en contra de los deseos de Napoleón, que había ideado un audaz plan para invadir Inglaterra: enviar una escuadra a las Indias Occidentales, atraer a las fuerzas navales inglesas, burlarlas y regresar para controlar el desembarco de 160.000 hombres. Sin embargo, de vuelta de las Indias, la escuadra fue descubierta y atacada.

 

Los motivos por los que el almirante francés Villeneuve, al mando de la flota, desatendió las órdenes de Napoleón son oscuros, pero lo cierto es que tras efectuar unas reparaciones en Vigo y Ferrol ordenó que los navíos se dirigieran a Cádiz. El emperador, encolerizado, levantó el campamento donde se acantonaban las tropas para invadir Inglaterra y ordenó a Villeneuve que pusiera rumbo a Cartagena. Pero ya era tarde: los ingleses, dirigidos por Horatio Nelson, habían bloqueado la salida.

 

La escuadra británica, formada por 27 naves, era técnicamente superior y sus tripulaciones estaban mejor preparadas. Así, cuando Villeneuve, que quería congraciarse con Napoléon, ordenó salir a la flota a mar abierto en contra de los consejos de los oficiales españoles, las formaciones británicas ya estaban esperando.

 

El almirante francés intentó desconcertar a su enemigo ordenando a la flota que virara. De esa forma, además, podría acceder fácilmente a Cádiz en caso de derrota. La maniobra, sin embargo, fue desacertada y la escuadra perdió su ventaja numérica.

 

En los primeros compases del combate, el Santa Ana se enfrentó a la nave de Lord Collingwood en un choque tan brutal que ambas quedaron destrozadas. Más tarde, durante uno de los lances decisivos de la lucha, el Santísima Trinidad, comandado por Hidalgo de Cisneros, y el Bucentaure francés estuvieron a punto de tomar el Victory, el buque insignia de la flota inglesa. Sin embargo, la acción del Temeraire británico lo impidió.

 

En el momento crítico, el contraalmirante francés Dumanoir se retiró con varios barcos, intentando huir del desastre. Su acción decidió la batalla. Sólo 5 navíos españoles se salvaron. El resto fue quemado o zozobró durante un temporal que se desató después.

España perdió así 1.022 hombres -entre ellos el heróico Cosme Damián Churruca, que pereció a bordo del San Juan Nepomuceno- y casi toda su Marina de guerra. Los británicos sufrieron 1.600 bajas. Los franceses se llevaron la peor parte: 3.000 muertos y 1.000 heridos. Pero, sobre todo, Trafalgar supuso la renuncia definitiva a la invasión de Gran Bretaña, que sería dueña indiscutible de los mares durante todo el siglo siguiente.

El Ebro (25 de julio al 15 de noviembre de 1938): Sangre de hermanos

 

Pasada la medianoche del 25 de julio de 1938, una miríada de embarcaciones de todo tipo divididas en tres cuerpos de ejército se internaba en el caudaloso río Ebro. Con aquella maniobra, proyectada dos meses antes por Vicente Rojo, jefe del estado mayor central, daba comienzo la famosa "batalla del Ebro", uno de los choques más brutales y decisivos de la Guerra Civil Española.

 

El ataque era una respuesta a la ofensiva lanzada a principios de marzo por las tropas de Franco, que intentaban avanzar hacia el Mediterráneo y romper las comunicaciones entre Cataluña, Valencia y Madrid. El 23 de junio, los sublevados llegaban a Castellón, partiendo en dos el territorio republicano y aislando Cataluña.

La ofensiva republicana sobre el Ebro pretendía aliviar la presión que el enemigo ejercía sobre el área de Valencia, desplazando así el centro de gravedad del combate hacia una zona menos comprometida. Además, la toma de localidades como Batea, Valderrobres o la estratégica Gandesa permitiría que el ejército de Cataluña dispusiera de una salida hacia el sur. Se calcula que unos 80.000 hombres al mando del general Juan Modesto intentaron alcanzar esos objetivos.

En la zona norte, 9.500 hombres traspasaron el Ebro entre Mequinenza y Fayón y establecieron un frente avanzado. Sin embargo, una contraofensiva obligó a más de 3.000 a retirarse el 6 de agosto.

 

Mientras el avance republicano era rápidamente detenido en la zona sur, en el sector central, entre Ribarroja y Benifallet, las tropas conseguían penetrar 50 kilómetros en dos días y tomaban numerosas poblaciones. La ofensiva fue repelida en Gandesa y el contraataque franquista, con un fuerte apoyo de la aviación y de la artillería, hizo retroceder posiciones lentamente a los republicanos.

 

La ferocidad de los combates quedó inmortalizada en lugares muy concretos, como en la cota 481, un estratégico promontorio defendido por republicanos de la 3ª División en cuyo asalto fue inmovilizado durante horas el Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat. Durante los meses de septiembre y octubre se siguió combatiendo en Gandesa, Villalba de los Arcos y Corbera del Ebro, pero finalmente, el 15 de noviembre, los efectivos del XV ejército republicano tuvieron que volver a cruzar el Ebro.

 

Las fuentes no coinciden en el número de bajas que se cobró la batalla. Algunas sugieren que tras 116 días de lucha habrían perecido no menos de 100.000 combatientes entre ambos bandos. Otras, quizá más realistas, hablan de entre 15.000 y 20.000 muertos y 80.000 heridos.

 

Lo cierto es que tras la pérdida del Ebro, el repliegue de las tropas fieles a la República fue constante. Por el contrario, el avance de los sublevados progresaba día a día. En marzo del siguiente año, Madrid caía en poder de Franco y el 1 de abril se daba la guerra por terminada.

 

 Abraham Alonso

 

 

 

 

Etiquetas: España, Guerras, Historia, Historia de España

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