Enigmas genéticos de la historia

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Cuando la historia de la familia propia resulta ser también parte de la historia de la humanidad, algunos ciudadanos del mundo no tienen más remedio que sufrir los sinsabores que asegura estar padeciendo Giuliano Medici Tornaquinci. "Imagínese -comenta don Giuliano- que entran en el panteón de su familia, retiran las lápidas y acceden a las tumbas de sus ancestros. Y todo ello, sin permiso".

49 cuerpos ilustres desenterrados a la vez

Mientras todo eso sucede, don Giuliano estará contemplando cómo un equipo de científicos -genetistas, antropólogos, historiadores y forenses- coordinados desde la Universidad de Pisa, extrae de su última morada los cuerpos de los miembros más ilustres de su estirpe: nada más y nada menos que 49 representantes del linaje de los Medici que vivieron en Florencia y La Toscana entre 1434 y 1737 y que fueron enterrados en la florentina iglesia de San Lorenzo. Dentro de la cripta principal, se habrá instalado un laboratorio desde el que se extraerán muestras de los cadáveres para ser analizadas en profundidad. El director de los trabajos, el anatomopatólogo Gino Fornaciari, aclara: "No se trata de un acto de curiosidad morbosa, sino de un ejercicio muy importante de investigación científica. No podemos ni imaginar la cantidad de material de interés historiográfico que esconden esos restos". El proyecto pretende desvelar cómo vivieron y murieron los últimos 50 representantes de la poderosa familia antes de que se desintegrara. Qué comían, qué costumbres higiénicas practicaban, de qué enfermedades estaban aquejados. ¿Presentaban una predisposición genética a la gota? ¿Es verdad que Juan Gastón de Medici murió de obesidad? ¿A Francisco I le mató la malaria o un envenenador? Muchas de estas cuestiones tendrán respuesta tras el análisis genético de tan insignes restos que, por cierto, cuenta con todos los permisos necesarios para ser realizado, a pesar de las quejas del desconsolado Giuliano Medici Tornaquinci. Lejos de Florencia, en el Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, los científicos llevan meses practicando un ejercicio similar sobre los supuestos restos de otro personaje eminente: Cristóbal Colón. Coordinados por José Antonio Lorente, investigadores de Italia, Alemania, Estados Unidos y España tratan de resolver el último enigma que esconden los restos del descubridor: ¿Son los suyos los que reposan en la Catedral de Sevilla o se trata de los que yacen bajo tierra en la seo de Santo Domingo?

Las mismas técnicas que usan los criminalistas

Este tipo de cuestiones son la base de la biohistoria, una nueva ciencia que aúna el estudio genético, toxicológico y antropológico con las fuentes de la historia para conocer mejor la biografía de algunos de sus protagonistas. "Muchas técnicas de bioanálisis que se usan comúnmente en medicina legal, en criminalística o en la identificación de paternidades pueden ser aplicadas para resolver enigmas históricos", asegura a MUY Lori Andrews, directora del Instituto para la Ciencia, la Ley y la Tecnología de EE UU y una de las máximas expertas mundiales en biohistoria. Esta nueva ciencia parece estar en auge. El análisis biohistórico ha sido utilizado para autentificar artefactos, pertenencias y herramientas de valor para los historiadores, para conocer el comportamiento, la enfermedad, la causa de la muerte o el linaje de personalidades. Gracias a los genes se ha podido determinar si algunos cadáveres eran realmente los de Pizarro, Butch Cassidy o el zar Nicolás II. Muy pronto, se podrá hacer lo propio con los supuestos restos del pintor Diego Velázquez enterrados junto a los de su mujer en el convento de las Benedictinas de San Plácido. Recientemente, la Chicago Historical Society, recibió una propuesta para analizar supuestas manchas de sangre tomadas en el lecho de muerte de Abraham Lincoln para compararlas con otras muestras y determinar si el presidente de EE UU padecía síndrome de Marfan, un mal hereditario que produce fisonomías muy altas y delgadas, extremidades inusualmente largas y ciertos problemas de aprendizaje. La biohistoria permite rellenar, de manera científica y objetiva, las lagunas metodológicas propias de la historia tradicional. Pero también arroja grandes cuestiones éticas. ¿Hasta qué punto es legítimo exhumar cadáveres, recoger muestras corporales y desenterrar viejos secretos familiares aunque sea en beneficio de un mayor rigor historiográfico? José Antonio Lorente, director del Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, es tajante: "El respeto a la dignidad humana no desaparece ni con la muerte ni con el paso del tiempo y se le debe igual a un cadáver recién fallecido que a uno de hace 2.000 años". Por eso, este experto en Medicina Legal sólo justifica el estudio biohistórico de restos de personalidades cuando "existe un principio de proporcionalidad entre la investigación y la relevancia científica de los resultados que se espera obtener y cuando se cuenta con todos los permisos de las personas que detentan algún derecho sobre el legado: familiares, museos, instituciones...".

Un tejido muy personal, ultrajado

Estos dos requisitos no siempre se cumplen. Albert Einstein murió el 18 de abril de 1955 como consecuencia de la ruptura de un aneurisma de aorta abdominal. Tras serle practicada una autopsia, el cadáver fue incinerado. "Sus familiares pensaron que todos los restos del sabio habían sido cremados -cuenta Lori Andrews-, pero estaban macabramente equivocados". Thomas Harvey, un patólogo del Hospital de Princeton que dirigió la autopsia se preocupó de extraer a escondidas un fragmento del cerebro de Einstein, fijarlo mediante inyección de un preparado de formalina, cortarlo en finas láminas y conservarlo en celoidina para estudiarlo al microscopio. Su intención era determinar la fuente de la genialidad del desaparecido científico. Los analistas no descubrieron ningún rasgo destacable en la masa gris de Einstein, exceptuando una ligera desproporción en el tamaño de las zonas de los lóbulos parietales encargadas de procesar el pensamiento matemático. Un investigador que tomó parte en estos estudios, el doctor Charles Boyd, ha llegado a reconocer que "la familia de Einstein sufrió, creo que de manera inconmensurable, cuando se enteró de que el cerebro de su pariente había sido ultrajado". "Actualmente -reconoce Lori Andrews- no existe un código deontológico para los estudios biohistóricos. Ésta es una disciplina en la que convergen la genética, la química, la antropología, la historia y el derecho. Creo que es imprescindible trabajar en el diseño de unos límites éticos que establezcan la responsabilidad de posibles malas prácticas". Y es que las implicaciones legales, morales y emocionales de este tipo de estudios pueden ser mayores de lo que a priori semejan. ¿Qué pasa si se descubre que los restos de un personaje que han sido venerados durante siglos en un templo, en realidad pertenecen a un desconocido? ¿Quién ostenta la titularidad de los legados de una figura histórica que se ha demostrado que no era tal? ¿Y si, por ejemplo, se revela que un gran estadista firmó un tratado de cesión de un territorio sin estar en plena posesión de sus facultades mentales? Si hallamos que una personalidad padeció una enfermedad hereditaria grave, ¿se está violando el derecho a la intimidad clínica de sus descendientes?

Enigmas genéticos de la historia


El secretario personal no tenía razón

Mientras se resuelven estas dudas, la biohistoria sigue su camino. Recientemente, se han conocido los resultados de una sorprendente investigación realizada sobre un mechón de pelo de Beethoven que fue arrancado de su cabeza poco después de morir, permaneció conservado en un frasco de cristal durante casi dos siglos y fue adquirido en subasta pública por un urólogo y una investigadora de la Sociedad Americana de Amigos de Beethoven. Los estudios toxicológicos y genéticos realizados sobre este material demuestran que el músico no recibió grandes dosis de opiáceos y arsénico antes de morir, lo que desacredita las declaraciones de su secretario personal que acusó a los médicos de "haber matado a Ludwig con tanta medicina". El cabello del genio alemán tampoco mostraba altos niveles de mercurio. Esta sustancia era empleada para curar la sífilis, por lo que parece demostrado que Beethoven no padeció este mal, en contra de lo comúnmente creído. Por último, los investigadores creen que la causa de la muerte del músico pudo ser un envenenamiento crónico por plomo ingerido al tomar pescado del Danubio intoxicado, lo que le produjo una larga enfermedad y, probablemente, también su conocida sordera. Otro célebre finado que estimula la curiosidad de los biohistoriadores es Napoleón Bonaparte. Pero en este caso, de momento, sus restos no pasarán por el laboratorio. El Ministerio de Defensa de Francia ha negado el permiso para exhumar el cadáver del emperador que habían solicitado varios abogados y científicos. Los investigadores pretendían estudiar el ADN de Napoleón para comprobar si realmente sus restos son los que están enterrados en Les Invalides de París. Según este equipo de eruditos, existen demasiadas inconsistencias en el relato de cómo Napoleón fue enterrado en Santa Helena primero, y más tarde fue exhumado para su traslado a París, y es probable que el cuerpo que yace en Les Invalides sea el del mayordomo de Bonaparte, Jean Baptiste Cipriani. Pero las autoridades no han considerado relevantes las sospechas. Las querellas sobre la autenticidad de un cadáver enterrado no son extrañas. El equipo de José Antonio Lorente lleva años trabajando en una de las más sonadas: ¿Donde está enterrado Colón? El descubridor murió en 1506 ajeno al trasiego que iban a experimentar sus restos. Fue enterrado primero en Valladolid, a pesar de que su voluntad fue descansar para siempre en lo que él creía que eran Las Indias. En 1509, su cadáver fue trasladado al monasterio de Santa María de las Cuevas de La Cartuja en Sevilla y en 1537 su nuera los trasladó junto a los del hijo de Colón, Diego, a la catedral de Santo Domingo. Pero ahí no iba a parar el periplo. Cuando en 1795 España perdió el control sobre la parte Este de la isla de La Española (hoy República Dominicana) , el cadáver de Colón fue llevado a la Habana y, por último, a la Catedral de Sevilla. El problema surge cuando unos empleados que trabajaban en la catedral de Santo Domingo hallaron una caja con la inscripción: "Varón ilustre y distinguido: don Cristóbal Colón".

Es peligroso caer en el espectáculo

Las autoridades dominicanas creen que los restos que yacen en Sevilla son, en realidad, los de un hijo o un nieto de Colón exhumados por error . El único modo de comprobarlo sería cotejar su ADN con el de otro finado: Diego, hermano de Cristóbal enterrado en el monasterio de Santa María de las Cuevas de la Cartuja de Sevilla y sobre cuya autenticidad no hay duda. La biohistoria, pues, tiene la última palabra. Esta nueva ciencia se ha convertido en una poderosa herramienta para el estudio del legado cultural humano, pero también en una fuente inagotable de espectáculo. "La biohistoria corre el riesgo de convertirse en un circo -advierte Lori Andrews-; hay cadenas de televisión que patrocinan investigaciones sobre el historial clínico de presidentes de EE UU y científicos que han creado empresas dedicadas a vender llaveros y joyas con ADN de famosos incrustado". Y es que no cabe duda de que la vida de los popes de nuestra historia conserva aún numerosos y apetitosos enigmas.

Jorge Alcalde Enigmas genéticos de la historia

Etiquetas: Curiosidades, Evolución humana, Personajes famosos

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