El maharajá y la bailarina

La historia de la joven española que acabó perteneciendo a la aristocracia india.

Concha Calleja / S. M.
Ana Delgado junto a su marido, el maharajá Jagatjit Singh, del que se divorciaría en 1925.

Si como dijo Pascal, el destino de los hombres está en relación con sus pasiones, la primera y gran ilusión de Anita Delgado sería bailar desde muy joven, en contra de la voluntad de su padre.

“Uno de mis primeros recuerdos fue el café de la Castaña, en la plaza del Siglo de Málaga, donde trabajaban mis padres, que eran de buena familia, pero venida a menos por dádivas y dispendios de antepasados”. Con estas palabras describiría Anita una parte de su infancia andaluza, que terminaría a los 14 años cuando, por motivos económicos, la familia decidiría cerrar el negocio familiar y partir hacia la capital de España en busca de una vida mejor.

En aquel Madrid desconocido, Anita y su hermana Victoria convencerían a doña Candelaria, su madre, para tomar unas clases de baile que les hiciera recordar su tierra natal; como condición no contarían el secreto a don Ángel.

Sin embargo, la “travesura”, quedaría de manifiesto cuando ambas hermanas fueron contratadas para trabajar de teloneras junto a Mata Hari y Pastora Imperio, en el nuevo teatro Kursaal que abría sus puertas el mismo mes en que contraían matrimonio el rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg (31 de mayo de 1906).

Madrid se vistió con sus mejores galas y también el Kursaal que preparó nuevos escenarios para deleitar a los ilustres invitados. Corridas de toros, recepciones, cenas…

Y un desfile de carrozas que abarrotó de gente las calles de Madrid. Así, sobre una acera, Anita y Victoria contemplaban entusiasmadas el desfile como en un cuento. Ante ella, y tras la caravana que portaba al Príncipe de Gales, se detuvo una carroza plateada; la mas fantástica y bonita de las que ocupaba el maharajá Jagatjit Singh de Kapurtala, que lucía esplendoroso envuelto en un turbante de color turquesa.

Por alguna razón el carruaje permaneció detenido en ese lugar más tiempo del preciso, mientras Anita no paraba de observar a ese hombre que también había clavado su mirada en los ojos de ella. Él le dedicó una delicada sonrisa que la hizo estremecer. Su encantamiento duraría hasta que el vehículo arrancó la marcha con un príncipe que, sorpresivamente, no dejaría de mirar hacia atrás intentando no perder de vista a la joven.

Esa misma noche el Kursaal estrenaba su nuevo espectáculo ante fastuosos invitados. Entre ellos estaba el príncipe de Kapurtala que quedó desconcertado al ver de nuevo a la joven. Entonces, se hizo con un intérprete para que hiciera a Anita en su nombre una propuesta económica. Disgustada por el atrevimiento, la andaluza le diría ofendida al intermediario que ella no comerciaba con su cuerpo. Lejos de indignarse, el maharajá insistió en su objetivo, incluso después de partir hacia París. Desde allí, no cesó en el empeño de cumplir sus deseos que cada vez eran más ardientes.

Ante las continuas negativas, Jagatjit Singh, envió a uno de sus escoltas a Madrid con una propuesta de matrimonio. Aquello no fue del agrado de la familia Delgado, que sólo percibía en el príncipe de treinta y cuatro años, la intención de sumar una esposa más a las ciento veinte que ya tenía. No obstante, Valle Inclán, Julio Romero de Torres y el pintor Oroz, asiduos del Kursaal, decidieron mediar –por temas políticos demasiado extensos para relatar aquí–, y solucionar lo del “harén” que tanto preocupaba a Anita. El príncipe de Kapurtala estaba dispuesto a renunciar a todas sus esposas por la pasión que sentía hacia Anita y la boda se celebró el día 28 de enero de 1908.

 

Etiquetas: Curiosidades, Historia

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