El día después del Desembarco

Las fuerzas aliadas habían desembarcado: ahora tocaba conquistar puertos y ciudades. Pero el avance no iba a ser tan fácil...

Bajas aliadas tras el Desembarco
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Algo iba mal, pero el teniente Waverly Wray no era capaz de averiguar de qué se trataba. Apenas había empezado a amanecer; eran las 5:10 del 7 de junio de 1944. Wray echó un vistazo afuera y trató de atisbar en la oscuridad qué era aquello que lo inquietaba. Se hallaba en los alrededores del pueblo de Sainte-Mère-Église junto a otros 600 paracaidistas escasamente armados. Veintiocho horas antes había descendido en paracaídas, en la negrura de la noche, como parte de la vanguardia de una de las operaciones militares más difíciles y complejas de todos los tiempos: la invasión de Normandía.

Llevaba un día en Francia, y en ese tiempo habían desembarcado 175.000 hombres y los aliados habían hecho retroceder a los alemanes de la primera línea de playa. Ahora, al día siguiente, los soldados británicos, canadienses y estadounidenses se despertaban a lo largo de la costa de Normandía después de pasar la noche resguardados en un agujero cavado en la arena o sentados espalda con espalda con sus camaradas.

El Día D ya había hecho historia. Los soldados supervivientes tras la conquista de las playas habían ayudado a establecer una cabeza de puente, que ahora debía ser expandida. Los aliados no habían penetrado tierra adentro todo lo previsto, y ante ellos se desplegaba la evidencia de la potente maquinaria bélica de la Wehrmacht.

Todo el mundo esperaba un contraataque. Si querían ganar la guerra, los alemanes tenían que devolver a los aliados al mar a cualquier precio. Y aquella mañana, en las afueras de Sainte-Mère-Église, el teniente Wray sintió que el contraataque se estaba fraguando allí mismo.

Wray estaba en lo cierto: 6.000 soldados alemanes se preparaban para romper las líneas aliadas. El teniente no era ningún novato; veterano de la guerra en Italia y de la batalla de Sicilia, su comandante había dicho de él que “estaba tan curtido y fogueado como sólo un soldado que sigue vivo puede estarlo”. Oriundo de Batesville, Misisipi, Wray era un soldado atípico: con 114 kg de peso y piernas como troncos de árbol, no bebía, fumaba ni decía tacos, ya que era un devoto baptista.

A través de la oscuridad del amanecer llegó a sus oídos un eco lejano de soldados y vehículos, que provenía del norte del pueblo, y de inmediato se presentó ante el comandante para ponerle al corriente y aventurar por dónde creía que vendría el enemigo. El comandante le escuchó con atención y le ordenó atacar a los alemanes con su compañía por uno de los flancos. Mientras los hombres se preparaban, Wray cogió sus armas y algunas granadas de mano y partió él solo: de este modo podría localizar las posiciones enemigas y organizar el ataque.

Uno contra diez

Wray avanzó por caminos llenos de baches y flanqueados por árboles y matorrales y se internó en un huerto, sin perder nunca de vista el lugar donde debían estar los alemanes. Estaba habituado a caminar por el bosque y su sentido de la orientación le guiaba por el laberinto de setos. De pronto oyó unas voces. Al otro lado del seto que lo protegía, varias personas murmuraban; parecían discutir unas coordenadas. Wray sacó el arma, se abrió paso a través del seto y gritó: “Hände hoch!” (¡Manos arriba!). Había ocho oficiales alemanes: siete le obedecieron, pero uno intentó echar mano de su arma y Wray le disparó. Y entonces le dispararon a él. Unos cien metros por detrás había dos soldados alemanes en una trinchera, y las balas le pasaron silbando tan cerca que una de ellas le arrancó media oreja. Los siete oficiales que seguían en pie trataron de huir, pero Wray se acuclilló y, efectuando un único disparo sobre cada uno de ellos, los mató a todos en el acto.

Más información sobre el tema en el artículo El día siguiente, que aparece en el MUY HISTORIA, colección II Guerra Mundial dedicado a El Día D. La mayor invasión de todos los tiempos.

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Etiquetas: Francia, II Guerra mundial

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