¿Dónde está la Ciudad de los Césares?

Los ganadores de la II Guerra Mundial se autodenominaban 'aliados', pero esa alianza bélica no pasó la prueba de la paz.

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Truman
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Todos decían querer un mundo regido por relaciones pacíficas, pero detrás de las buenas intenciones había ideas muy distintas –incluso opuestas– de cómo conseguirlo. En la Conferencia de Potsdam, celebrada en julio de 1945, se sellarían acuerdos clave para el nuevo período, pero se firmarían mientras los aliados se observaban vigilándose con el rabillo del ojo. La desconfianza entre el bloque occidental y el soviético había crecido exponencialmente desde la anterior Conferencia de Yalta (celebrada tan sólo cinco meses antes), y es que muchas circunstancias y hasta personajes habían cambiado: el presidente estadounidense Roosevelt había muerto y lo había sustituido Harry Truman, mucho más receloso de las intenciones de su homólogo soviético, Iósif Stalin. Éste tampoco había perdido el tiempo desde Yalta: llegó a Potsdam habiendo ocupado toda Europa Oriental y decidido a que esta región se convirtiese en el muro de contención que impidiera una reedición de la invasión de Rusia.

Truman veía el expansionismo soviético como un peligro latente: el comunismo podía extenderse por el mundo. Por ello, se guardaba un as en la manga: la bomba atómica, acabada de construir en el seno del Proyecto Manhattan y probada por primera vez en el desierto de Nuevo México el día antes de inaugurar la Conferencia de Potsdam. Su uso en batalla poco después, en Hiroshima y Nagasaki, confirmaría a Stalin que Estados Unidos disponía de un factor desequilibrante en batalla contra el que sus divisiones del Ejército Rojo nada podrían hacer. Se sabe que en Potsdam ambos líderes se cruzaron algunas crípticas frases sobre la nueva arma (Stalin tenía noticias por sus espías). En aquella reunión de desconfiados, en la que el acuerdo más trascendente fue la división de Alemania en partes entre los aliados (igual que su capital, Berlín), este país europeo iba a convertirse en la nueva frontera entre dos nacientes 'bloques' políticos, radicalmente opuestos en su ideología y estrategia.

A principios de 1946 empezaron las señales de alarma. La URSS no apoyó la creación de dos instituciones financieras, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, surgidas del esfuerzo multilateral para crear un nuevo orden mundial que garantizase 'paz y prosperidad', como quería Truman. En marzo, Winston Churchill lanzó una preocupada advertencia en uno de sus famosos discursos: "Desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático –dijo–, un telón de acero ha caído sobre el continente". La intensificación de la influencia soviética en al menos cinco Estados de Europa Oriental y en la mitad de Alemania bajo su control era un hecho, con la imposición de gobiernos comunistas en todos ellos: Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria y Rumanía. Además, también se había anexionado directamente los pequeños Estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania).

Más información sobre el tema en el artículo Guerra Fría en un mundo caliente, escrito por José Ángel Martos. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a Guerras secretas.

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Etiquetas: Espionaje, Estados Unidos, Guerra Fría, Segunda Guerra Mundial

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