Cuando Alemania invadió Polonia

Elena Sanz

El 1 de septiembre de 1939, hace exactamente 70 años, Alemania invadió Polonia. En los dos años que siguieron a la invasión, Hitler consiguió anexionarse la mayor parte del continente europeo, de Norte a Sur.

mapa-poloniaA las 4,45 horas del 1 de septiembre de 1939, efectivos de la Wehrmacht atravesaban la frontera alemana oriental y penetraban en territorio polaco. Los gobiernos de Gran Bretaña y Francia, obligados por los acuerdos de defensa y ayuda mutua firmados con Varsovia, declararon inmediatamente las hostilidades al Reich. Comenzaba la Segunda Guerra Mundial. Se hacía efectiva la temible capacidad de ataque y avance de la febril política de rearme alemana. La Blitzkrieg, "guerra relámpago", conseguía en sólo 26 días destruir a las anticuadas fuerzas armadas de su oponente. Paralelamente, el Ejército Rojo entraba desde el Este y, el día 28, una vez más a lo largo de su historia, el suelo de Polonia quedaba dividido.

Francia comenzó entonces a prepararse para enfrentarse a la agresión alemana, que se preveía cierta e inminente, y se dedicó a reforzar sus defensas y a movilizar a todos sus elementos humanos. Fue lo que se denominó Drôle de guerre -la guerra extraña-, un tenso compás de espera de nueve meses de duración, que iba a ser decidido por la voluntad de Hitler. Pescando en río revuelto, Stalin presionó sobre el ámbito báltico y planteó reivindicaciones territoriales a una Finlandia que las rechazó y con la que entabló la dura y desigual Guerra de Invierno, que concluyó el 12 de marzo. Francia, parapetada tras la Línea Maginot, confiaba en sus planes de defensa y ataque, mientras Inglaterra establecía el bloqueo naval del Mar del Norte y lo sembraba de minas. Estados Unidos mantenía su postura de neutralidad, aunque estaba bien claro hacia dónde se dirigían los apoyos de muchos de sus sectores dirigentes y población.

Pero, por el momento, la legalidad exigía el mantenimiento de la neutralidad, lo que no impidió que Washington estableciese los acuerdos de aprovisionamiento masivo de materiales denominados de cash and carry -pagar y llevarse-, que firmó con las potencias democráticas y a las que permitieron la inmediata obtención de aprovisionamientos de toda clase, así como la preparación para la lucha.

El siguiente paso de la Blitzkrieg fue la sorpresiva invasión, el 8 de abril, de la vecina Dinamarca y, a continuación, de Noruega, de donde fueron desalojados los contingentes británicos que habían desembarcado en el extremo norte.

El 10 de mayo se desencadenaba la tan esperada como temida ofensiva general sobre el frente del Oeste. Camino de Francia, su objetivo fundamental, las fuerzas de la Wehrmacht se lanzaron contra Bélgica, Luxemburgo y la neutral Holanda. La rapidez de esta forma de ofensiva tuvo ahora unos resultados más efectivos que los obtenidos en el Este. Sobre una Polonia dotada de un deficiente sistema viario y en un otoño de lluvias y lodazales, los avances alemanes habían tenido el año anterior algunas dificultades. Por el contrario, en la primavera de 1940, la buena red de carreteras de los desarrollados países occidentales agredidos permitía a los invasores efectuar avances con gran rapidez.

Aquí, los aparatos de la Luftwaffe se emplearon a fondo en apoyo de los avances terrestres. En el lado francés reinaba el más absoluto caos. Se sucedían las destituciones y relevos en los niveles altos del mando militar, mientras la penetración alemana se ampliaba hacia el Suroeste. El 14 de mayo capitulaba el ejército holandés y el belga le seguía 14 días después.

En el puerto de Dunkerque se amontonaba un cuerpo expedicionario británico al que el rápido avance alemán había impedido actuar. Ahora, el imparable empuje alemán formó allí una bolsa a la que se agregaron 100.000 soldados franceses replegados desde Bélgica. Hasta el 4 de junio, tuvo lugar la operación de traslado de estos contingentes al otro lado del Canal, utilizándose para ello todo tipo de embarcaciones con la plena cooperación de la población civil inglesa, que ya empezaba a ser consciente de la lucha que le esperaba.

Los frentes defensivos franceses iban mientras tanto hundiéndose uno tras otro, y las cifras de prisioneros se incrementaban de forma alarmante. Siguiendo una ya vieja tradición ante ataques alemanes, el Gobierno y las altas instituciones de la República Francesa habían tomado el camino de Burdeos. El 10 de junio, la Italia aliada del Reich aprovechaba la coyuntura y atacaba a su vez el Sur de la acosada Francia. Los poderes públicos se demostraron incapaces de enfrentarse a los hechos y se recurrió a una medida extrema: el prestigioso y muy anciano mariscal Pétain fue llamado al poder.

El 17 solicitó de los alemanes el armisticio, que era firmado cinco días después. La Tercera República moría así, en medio de la derrota, después de siete décadas de intensa y atormentada existencia. Negándose a aceptarlo, el general De Gaulle voló a Londres en el último momento y desde allí realizó el célebre "llamamiento del 18 de junio", que creaba la Francia Libre y animaba a los franceses a unirse a él en la lucha contra el agresor.

El territorio galo era dividido en dos partes. La de ocupación alemana, con el Norte industrial, la aglomeración de París y todo el litoral atlántico, y la del Centro-Sureste, que quedaba organizado bajo la denominación de Estado Francés, gobernado desde Vichy por el más rancio conservadurismo y los más radicales colaboracionistas con el invasor. En su cúpula, el viejo Pétain aseguraba a la población el mantenimiento de los valores tradicionales del espíritu nacional. Mientras los ingleses procedían a destruir la flota francesa estacionada en puertos africanos para evitar que cayese en manos de los alemanes, De Gaulle se dedicaba a conseguir el control de las colonias en África y Asia.

En muy pocos meses, el mapa de Europa había experimentado unas transformaciones tan profundas como nadie hubiera podido imaginar. Toda la fachada atlántica del continente estaba controlada por el Reich, desde el Cabo Norte hasta la Península Ibérica. La España de Franco, ideológicamente afín a los postulados de Berlín, aseguraba un cierre sin problemas del ángulo más meridional. Los planes de Hitler de estrangular al Imperio Británico con la ocupación del enclave de Gibraltar no se plasmaron en la realidad, debido a complejas causas en las que las reticencias y exigencias de Franco para entrar en la guerra pudieron haber pesado menos que el hecho de que Alemania obtenía de Franco fundamentales materias primas y no estaba interesada en desplegar aquí unas fuerzas que prefería encauzar hacia el Este, campo de actuación previsto por toda la geopolítica nazi. Mientras tanto, una Gran Bretaña tomada por sorpresa parecía amenazada por una inminente ocupación. Hitler tenía perfectamente diseñados sus planes de agresión en la Operación León Marino. Pero era algo que el nuevo primer ministro, Winston Churchill, rechazó rotundamente cuando clamó: "¡Lucharemos en las playas, lucharemos en los campos... Nunca nos rendiremos!".

Controlando los países del Centro-Este del continente, se preparaba el gran momento de la expansión del Reich hacia los espacios orientales. De momento seguía en vigor el Pacto germano-soviético que sorprendió al mundo en agosto de 1939 y que aseguraba evidentes beneficios a ambas partes. Por él, Berlín vendía a Moscú los elementos de alta tecnología que la URSS no producía y, como contrapartida, obtenía las materias primas que el esfuerzo bélico consumía. Era un matrimonio de conveniencia ideológicamente antinatural entre un nazismo y un comunismo enfrentados, pero decididos a obtener de él las mayores ventajas. De momento, Stalin se sentía seguro.

Mussolini, el inspirador de Hitler ahora relegado a un papel secundario, aprovechaba de la forma más oportunista las ventajas que el triunfante discípulo le aportaba. Considerando la débil posición de Inglaterra, aprovechó para lanzarse contra ella en sus posesiones del Norte de África y atacó en Etiopía. Intentaba controlar Egipto -y el fundamental Canal de Suez-, Sudán y Somalia. La megalomanía del italiano no cedía un ápice a la de su colega alemán y todo le parecía posible. Los Balcanes se le presentaban ahora como zona de expansión natural, iniciada el año anterior con la conquista de Albania.

Invadieron los italianos Grecia el 28 de octubre, pero la dura resistencia del ejército heleno no tardó en pararles. Mientras los británicos desembarcaban en Creta, Hitler se vio obligado a remediar la situación y, el 6 de abril de 1941, lanzó su ataque relámpago contra Yugoslavia, rápidamente ocupada y disgregada. Una vez más, se tuvo que retrasar la gran operación de invasión de la URSS, Barbarroja, pieza básica de toda la política expansiva del Reich. La ocupación de Grecia era el siguiente paso y, el 27 abril, como verdadero símbolo de los tiempos que corrían, la bandera con la esvástica ondeaba sobre la Acrópolis de Atenas.

Etiquetas: Alemania, Historia, Hitler, II Guerra mundial

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