La religión a los ojos de la ciencia

Elena Sanz



 

feyciencia1Del 5 al 7 de noviembre del año pasado se celebró en La Jolla, California, el foro Beyond Belief: Science, Religion, Reason and Survival. Bajo el patrocinio de The Science Network, una asociación de científicos y periodistas dedicada a promover el valor de la ciencia, reunió a investigadores de la talla de Paul Davies, Richard Dawkins, Lawrence Krauss o Steven Weinberg. Su objetivo era discutir estas cuestiones: ¿Tras dos siglos de Ilustración nos encontramos ante su final y enfrentados a una nueva época de irracionalidad? ¿Triunfará la fe y el dogma sobre la racionalidad? ¿Puede la biología evolutiva, la antropología y la neurociencia explicar por qué creemos, y cómo funciona la empatía, el miedo y el sobrecogimiento? ¿Es la religión un fenómeno explicable por mecanismos naturales? ¿Puede la ciencia proporcionar una visión del mundo tan atractiva y poética como la que se ha derivado del sobrenaturalismo?

Era la primera vez que un encuentro de este tipo era organizado sin el concurso de la Fundación Templeton, una organización conservadora dedicada a promover el acercamiento entre ciencia y religión y cuyo premio anual para "el progreso de la investigación de las realidades espirituales" es el más alto concedido por mérito intelectual: 1,4 millones de dólares, un importe fijado para ser superior al del Nobel. En palabras del ateo militante Richard Dawkins, "una altísima suma de dinero que se suele entregar a un científico dispuesto a decir algo bonito de la religión". En esos tres días de discusiones encendidas se pudieron escuchar todo tipo de posturas: desde el planteamiento extremo de Dawkins y su "no coger prisioneros", o la del Nobel de Física Steven Weinberg ?"el mundo necesita despertar de esta larga pesadilla de las creencias religiosas"? a la más moderada del astrofísico Lawrence Krauss: "Debemos respetar las posturas filosóficas de la gente a menos que sean erróneas". Incluso sonaron palabras de querer convertir la ciencia en una especie de nueva religión. El biólogo evolutivo español y antiguo sacerdote, Franciso J. Ayala, puso un tono de realismo a la aventada postura de cambiar la fe ciega por la racionalidad: "Hay 6.000 millones de personas en el mundo. Si creemos que vamos a persuadirlos para que vivan una vida racional basada en el conocimiento científico, no sólo estamos soñando; es que creemos en el hada madrina".

Nuevo Ateísmo

El Nuevo Ateísmo, que pasa de negar simplemente la existencia de Dios a retomar y ampliar la vieja postura de Karl Marx de que la religión es una ideología perniciosa, está ganando adeptos. La línea de argumentación es clara, como la ha dejado patente el neurocientífico Sam Harris, autor del best seller Letters to a Christian Nation: "El núcleo central de la ciencia no es un modelo matemático, es honestidad intelectual". Y esto es lo que -dicen- le falta a la teología. Porque el manido debate entre ciencia y religión es, en realidad, un enfrentamiento entre ciencia y teología, y su cerrazón a aceptar las evidencias científicas porque contradicen su dogmática.

¿Puede un científico creer en Dios? Sin duda, a la luz de la historia: Copérnico era canónigo y Mendel, el padre de la genética, abad de un convento. ¿Y en la actualidad? Personas como Francis Collins, responsable del National Human Genome Research Institute norteamericano, el físico y sacerdote anglicano John Polkinghorne o el jesuita y astrofísico español Manuel Carreira, dan testimonio de su fe compatible con su quehacer investigador. Para ellos, la evolución -el principal caballo de batalla del cristianismo por sus obvias implicaciones- no es sino el modo escogido por Dios para llevar a cabo su creación: "en vez de crear un mundo ya hecho -comenta Polkinghorne-, el Creador hizo algo más inteligente: un mundo que pudiera hacerse a sí mismo".

Numerosos historiadores apuntan a que la ciencia moderna no pudo nacer sin el concurso de la religión; más concretamente, del judeocristianismo. Así, según el prestigioso historiador de la ciencia Stanley L. Jaki -y padre dominico-, sin él no hubiera aparecido la ciencia en Occidente. Ya en el medioevo se encuentran precursores del método científico, como Roberto de Grosseteste, obispo de Lincoln (Inglaterra) o el franciscano Roger Bacon. Y en el siglo XVII, apunta el sociólogo Robert K. Merton, fueron los valores morales de los puritanos ingleses quienes efectivamente promovieron la ciencia en ese país: de los 68 fundadores de la Royal Society, la sociedad científica más importante de Europa hasta bien entrado el siglo XIX, 42 eran puritanos. Para Jaki y su colega Pierre Duhem, fueron los principios filosóficos del cristianismo los que empujaron fuera de la sociedad los más anticientíficos del paganismo y permitieron la aparición de la ciencia. Sea como fuere, mucho ha cambiado desde entonces. Curiosamente la bandera del ateísmo científico no se encuentra tanto en la física como en la biología, en gran medida debido a la revolución darwiniana.

¿Hay muchos científicos creyentes en la actualidad? En 1996 se publicaba en Nature un artículo donde se ponía de manifiesto que el 61% de los científicos norteamericanos se declaraban ateos o, al menos, agnósticos ante la creencia en un ser superior. Dos años más tarde se repetía este estudio entre los científicos más prominentes, aquellos que han sido aceptados para formar parte de la prestigiosa National academy of Sciences: sólo un 7% cree en Dios, ante un 72% que declara ser ateo. Un resultado que choca al compararlo con el resto de la población de EE UU, donde ocurre justo lo contrario: un 3% afirma no creer en ningún dios personal.

Lo mismo sucede en la antaño fervorosa Royal Society: el 79% se declara ateo frente un 3,3% de creyentes. El libro The Psychology of Religious Behaviour, Belief and Experience de Benjamin Beit-Hallahmi, psicólogo de la Universidad de Haifa (Israel), menciona que entre los Premios Nobel de ciencias existe una prácticamente inexistente religiosidad que contrasta con la de sus países de origen. Lo peculiar es la distribución de las creencias en función de sus especialidades: los más devotos son los médicos, seguidos de los matemáticos, los biólogos y, finalmente, los físicos y químicos.

Lo que define esta innegable brecha entre ciencia y religión es la manera de entender el mundo. La ciencia trabaja sin dogmas, revisando cada idea hasta que es sustituida por otra que explica mejor la naturaleza. Lo que importa es la evidencia empírica y toda explicación sobre el mundo está basada en fuerzas naturales. En la religión, su componente fundamental es sobrenatural y la Verdad se reveló al ser humano en unos textos con miles de años de antigüedad. Joseph E. Murray, ganador del Nobel de Medicina por sus trabajos sobre el trasplante de órganos, explica cómo puede compaginar ambos mundos: "La fe es algo que crees con el corazón". El citado Carreira es tajante en este punto: "La ciencia no me enseña nada de teología ni la teología nada de ciencia". A pesar de que hay científicos que conducen sus vidas de manera consistente con la ciencia y la fe, no es extraño que se encuentren en minoría. Quizá por ello, ante la pregunta de un estudiante del City College de Nueva York "¿Se puede ser un buen científico y creer en Dios?" el Premio Nobel de Química Herbert A. Hauptman respondió con un sonoro "¡No!".

Programados para creer

feyciencia1En Greater Sudbury, Ontario, Canadá, el neurocientífico Michael Persinger está empeñado en descubrir cuál es el patrón cerebral que genera el sentimiento de estar junto a Dios, de las sensaciones místicas. De hecho, afirma que excitando ciertas regiones específicas del cerebro con pulsos electromagnéticos se pueden inducir experiencias religiosas. Persinger pertenece a un reducido grupo de científicos, llamados neuroteólogos, que creen que la espiritualidad tiene una base neurológica. Este investigador sienta a sus conejillos de indias en una habitación totalmente silenciosa donde no entra ni un rayo de luz y les coloca en la cabeza el "casco de Dios": un dispositivo que crea un débil campo magnético sobre los lóbulos parietal y temporal derechos del cerebro. Al parecer un 80% de los participantes ha sentido esa presencia divina. Entre el otro 20% se encuentra el ateo militante Richard Dawkins, que hace cuatro años se ofreció como voluntario y salió desilusionado por no poder "haber entrado en comunión con el universo". Para Persinger el campo magnético dispara la actividad eléctrica de los lóbulos temporales provocando la experiencia espiritual. En 2004 un grupo de científicos suecos de la Universidad de Uppsala liderados por Pehr Granqvist no consiguió reproducir sus resultados; según Persinger, los sujetos no habían sido expuestos al campo durante el tiempo suficiente.

Andrew Newberg, de la Universidad de Pensilvania, también se ha ganado su puesto en esta peculiar rama de la neurociencia al explorar los sesos de monjes tibetanos y franciscanos con un tomógrafo de emisión de fotón único o SPECT. Su trabajo descubrió que la meditación desactiva las zonas del cerebro que regulan la personalidad -al perder la capacidad de distinguirse de los demás es fácil sentirse identificados con la totalidad- y que la actividad del encéfalo se ve modificada, intensificándose en la parte frontal del cerebro. El descenso de la actividad en los lóbulos parietales, cuya función, entre otras, es orientar nuestros cuerpos en relación al mundo, da lugar a percepciones espaciales anormales y posibilita la experiencia mística. De hecho, quienes tienen dañadas estas zonas del cerebro suelen perder su capacidad para moverse con soltura por el entorno porque les resulta dificultoso saber dónde termina su cuerpo y comienza el mundo exterior.

"Que estas experiencias sean comunes a personas de cualquier confesión indica que estamos tratando con los mismo procesos neuronales", añade Newberg. El neurocientífico se cura en salud al afirmar que ni este ni otros estudios pueden decir nada sobre la existencia de Dios. "Es como tomar las imágenes del cerebro de alguien que mira un cuadro", explica. "Podemos ver qué zonas se activan, como el córtex visual, pero no podemos decir nada sobre si realmente lo está contemplando o lo está imaginando". Lo intrigante es que existe cierta coincidencia entre la actividad cerebral ligada a la autotrascendencia y la del placer sexual: ambas se desencadenan por una actividad rítmica -en el caso religioso bailando, cantando o repitiendo mantras- y ambas producen sensación de goce, de unidad... No resulta extraño que Santa Teresa usara un lenguaje cargado de romanticismo y toques sexuales al describir sus éxtasis.

Lars Farde, profesor de psiquiatría en el Instituto Karolinska de Estocolmo, ha vuelto a poner en la palestra una sustancia que siempre ha estado orbitando en la mente de los científicos cuando se habla del hecho religioso: la serotonina. En su investigación publicada en 2003 en el American Journal of Psychology, Farde y sus colaboradores midieron los niveles de serotonina de 15 hombres entre los 20 y 45 años. Su interés por este neurotransmisor, y sobre todo por su receptor 5HT1A, "uno de los más importantes, pues sirve como marcador de todo el sistema serotoninérgico", explica Farde, es debido a que existe una alta correlación entre las funciones cerebrales y la personalidad; de hecho, este equipo fue el primero en demostrarlo. Estudiando la relación entre los niveles de serotonina en la depresión y en la ansiedad, descubrió que existe una conexión entre el 5HT1A y la espiritualidad de los individuos: ésta es mayor cuanto más baja es la densidad de este subtipo de receptor serotonínico. ¿Podría existir una base química para creer en un ser superior? ¿Si una sustancia que segrega nuestro cuerpo es capaz de hacernos tener visiones místicas, podrían inducirse artificialmente si ingerimos los famosos "hongos sagrados"? Chamanes y hechiceros han usado drogas alucinógenas para alcanzar ciertos estados "de comunión con el cosmos". Aunque este hecho es bien conocido, no se ha podido probar con todo el rigor necesario hasta el año pasado, cuando unos médicos de la Universidad Johns Hopkins liderados por Roland R. Griffiths sometieron a 36 voluntarios sin experiencia previa en alucinógenos a diferentes dosis de psilocibina, un alcaloide presente en muchas especies de hongos y que, por su parecido con la serotonina, compite por unirse a algunos de sus receptores. Los resultados fueron asombrosos: el 61% tuvo experiencias místicas completas. Tras dos meses de ingesta controlada, el 79% de los participantes afirmó sentirse mucho más satisfechos con su vida. Familiares y amigos confirmaron que habían visto en ellos un cambio a mejor.

Entender la conciencia humana


Rick Strassman, un psiquiatra budista de Nuevo México, defiende que, para entender la conciencia humana, es esencial tener en cuenta otra sustancia que también está relacionada con el receptor 5HT1A: la dimetiltriptamina o DMT, que él la llama la molécula espiritual. Además de producirla nuestro metabolismo en pequeñas cantidades, es el principal componente de la ayahuasca. Su consumo produce visiones como las que tuvo el ecólogo contracultural Terence MacKenna, que ha descrito sus encuentros con unos seres que llama Elfos de la Máquina. Strassman, el primer investigador en obtener un permiso federal para experimentar con drogas psicodélicas en humanos en los años 70, cree que la DMT se sintetiza en la glándula pineal, el famoso tercer ojo y lugar donde se producen precursores de esta molécula, como el triptófano, un aminoácido esencial. Las explosiones de sensación mística pueden ser debidas, añade, a que la glándula pineal la produce en exceso -sería como recibir un "chute"? o bien que, por algún motivo, nuestro propio organismo no es capaz de regularla. Según este psiquiatra la DMT también es responsable de las experiencias cercanas a la muerte, las supuestas abducciones extraterrestres y toda una panoplia de fenómenos exóticos cognitivos. En sus más de 400 sesiones con DMT, la mayoría de los 60 voluntarios experimentaron sensaciones de éxtasis, felicidad, inefabilidad, una cierta conciencia de que la vida va más allá de la muerte y el contacto con una "presencia poderosa, sabia y amorosa". Claro que también un 47% de los sujetos se encontraron con seres tan poco religiosos como robots, elfos, payasos, extraterrestres... que no siempre eran amistosos.

Teniendo en cuenta que nuestro metabolismo y, por tanto, el manejo que nuestro cuerpo hace de todas estas sustancias está guiado por los genes, ¿podríamos estar "programados" para creer en Dios? Hace un cuarto de siglo psicólogos y antropólogos asumían que la religión era producto de la socialización, que uno creía por influencia del entorno. Y así hubiera seguido siendo si no fuera por un programa de investigación comenzado en 1979 en la Universidad de Minnesota con gemelos monozigóticos.

Estudio con personas gemelas

Los resultados más interesantes y polémicos se han realizado estudiando la personalidad y rasgos culturales de gemelos criados por separado. La posición de partida es simple: dos gemelos poseen la misma carga genética; si han sido educados en ambientes distintos, estaremos en predisposición de saber hasta qué punto influyen los genes en su comportamiento. El problema no es tan sencillo como medir la carga del electrón y está sujeto a numerosas variables, pero puede darnos ciertas pistas. En los primeros estudios, los científicos compararon gemelos idénticos con hermanos normales -que comparten sólo un 50% de los genes-, todos ellos criados separados. Encontraron que los gemelos coincidían a la hora de creer en Dios el doble que los no gemelos. Curiosamente, era al tener que cumplir los rituales de las religiones organizadas donde los resultados eran parejos entre los dos grupos. Aparentemente, creer en Dios puede estar influido genéticamente, pero asistir a misa los domingos es completamente cultural. En 2005, Laura Koenig publicaba una revisión de los larguísimos cuestionarios que se realizaron a gemelos y familiares en Minnesota durante los años 90. Analizados los datos, el resultado saltaba a la vista: durante la niñez y la adolescencia tanto los gemelos como los hermanos normales poseen prácticamente la misma fe religiosa que en su casa. Es en la edad adulta cuando surgen las diferencias: mientras los gemelos desarrollan pautas religiosas comunes, los que no lo son no suelen coincidir en cuestiones de fe. En definitiva, durante la madurez la genética se convierte en un factor dominante, ya sea fortaleciendo o reduciendo el ímpetu religioso inicial.


Ante semejante perspectiva no es de extrañar que algunos se hayan lanzado a buscar el "gen de Dios". Quien dice haberlo encontrado, o al menos tener un candidato, es el genetista norteamericano Dean Hamer. En 2004, publicó la hipótesis de que una de las dos versiones posibles que del gen VMAT2 tenemos los humanos es el culpable de que desarrollemos ese sentido de autotrascendencia. Entender por qué existe el sentimiento religioso en los seres humanos es una empresa científica reciente: hasta hace bien poco era un tema tabú. La psicología evolutiva, con Pascal Boyer a la cabeza, lleva sólo 15 años enfrentada al problema. Muchos piensan que debe haber algo en la circuitería de nuestro cerebro que nos hace propensos a ello y a todas las variantes de religión que existen; hay algunas donde los dioses mueren, en la mayoría el elemento de salvación no es central de la doctrina... Veremos qué nos depara el futuro y si creer en Dios es, como opina Dawkins, un subproducto de nuestra necesidad de que alguien nos diga cómo actuar para sobrevivir o es, en esencia, una idea necesaria para que el cerebro haga su trabajo. En palabras de Newberg, "la principal razón para que Dios no quiera irse es porque nuestros cerebros no permiten que lo haga".

 

Por Miguel Ángel Sabadell

Etiquetas: Cristianismo, Curiosidades, Islam, Religión

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