Bill Gates, el visionario

El Club de Madres del colegio Lakeside de Seattle, al que acudía un joven y escuálido alumno llamado William H. Gates Junior (1955), tuvo mucho que ver en el despertar del talento informático de quien más adelante sería conocido simplemente como Bill Gates.

José Ángel Martos/P.L.
Bill Gates

Recaudando fondos en un mercadillo de venta de objetos de segunda mano, estas madres reunieron el dinero necesario para que el Departamento de Matemáticas comprara una de las primeras terminales informáticas –carísimas por entonces– a finales de los años 60. La cantidad recaudada también serviría para correr con los gastos del tiempo de uso de la terminal, conectada remotamente al ordenador central de una compañía informática que se pagaba por horas. “Fue al conseguir tiempo gratis cuando nos sumergimos totalmente en los ordenadores, cuando se convirtió en algo incondicional. Estábamos día y noche”, recordaría el propio Gates años más tarde.


 

 

De joven hacker a empresario

Mientras muchos de los niños del exclusivo colegio practicaban el tenis y otros deportes glamurosos, Bill y su eterno compañero Paul Allen no pensaban más que en pasarse la jornada con la terminal, programando y aprendiendo sobre ordenadores, aunque fuese a costa de los deberes. Siendo todavía un niño de trece años, Bill Gates escribió allí su primer programa informático: una versión del juego del tres en raya. Además, se las ingeniaron para manipular los datos de tiempo de uso (casi monopolizaban ellos solitos el total del que disponía la escuela). Al final fueron descubiertos, aunque la Computer Center Corporation decidió aprovechar su talento de jóvenes hackers para que la ayudasen a determinar cuáles eran los “agujeros” por los que se podían colar otros programadores y así mejorar su seguridad informática.

La segunda epifanía de Bill Gates llegó cuando, en 1975, con apenas veinte años, él y Paul vieron por primera vez en la portada de una revista de electrónica un microordenador muy barato que iba a ser un éxito de ventas en todo Estados Unidos. Ellos, que ya por entonces sabían mucho de programar, estaban convencidos de que podían crear un software que permitiera sacar más partido a esa nueva máquina. Gates llamó al dueño y le presentó el primer programa como un hecho, aunque por entonces no había escrito ni una sola línea de código, pero lo hizo en ocho semanas y se plantó en Albuquerque (en el lejano Estado de Nuevo México) para formalizar la venta del programa. Por entonces no eran una empresa formal: su compañero trabajaba en una empresa y Gates estudiaba Matemáticas en la universidad de Harvard, pero decidió abandonar la elitista institución. En su decisión parece también que influyeron las dificultades para destacar en los estudios: sus notas eran correctas pero no sensacionales, que era a lo que estaba acostumbrado hasta entonces; en Harvard el nivel era muy duro y además estaba rodeado de los estudiantes más geniales de todo el país, de forma que Gates aprendió la lección de que hay que saber escoger las batallas que uno lucha.

 

La ubicuidad de Windows

Bill se volcó en su nueva empresa, a la que llamaron Micro-Soft de forma lógica (querían dedicarse al software para microordenadores). Gates estaba mucho más entregado que Allen, que tenía un trabajo y se dedicaba sólo en sus ratos libres. Por eso, Bill le dijo que él se merecía tener un mayor porcentaje de la empresa, ya que dedicaba mucho más tiempo a programar.

Así fue como se convirtió en el alma de Microsoft, una marca que nunca ha perdido su idea central de que lo importante de los ordenadores es lo que tienen dentro (el software). Esta claridad de visión le llevaría a obtener un gran éxito cuando, al lograr un lucrativo contrato con IBM en 1980 para crear un sistema operativo para sus PC, Microsoft se reservó la posibilidad de licenciar el mismo software a otros fabricantes: esa sería la piedra angular de la ubicuidad posterior de Windows en todos los ordenadores del planeta.

 

El hombre más rico del mundo

Es también el concepto que ha catapultado a Gates al puesto del hombre más rico del mundo, con una fortuna estimada en 79.200 millones de dólares cuando se cumplen 40 años de la creación de Microsoft. El otrora programador dedica hoy día la mayor parte de su tiempo a la filantropía, a través de una fundación muy activa en la sanidad y la educación a la que él y su mujer Melinda han dotado con la astronómica cantidad de 42.000 millones de dólares para desarrollar sus proyectos. Aun así, los altibajos de Microsoft, que aun siendo una de las empresas informáticas más importantes ya no es la más puntera, han hecho que, a sus 59 años, vuelva a dedicar más tiempo a la compañía.

Etiquetas: Estados Unidos, Historia

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