Berlín hoy

Elena Sanz
Ver galería El Muro de Berlín

Berlín"Berlín llegará un día a ser la capital de Alemania, pero será la capital del aburrimiento", escribió Honoré Balzac en 1847. Resulta difícil encontrar una descripción más desafortunada de una ciudad que es todo menos aburrida. Sus animadas noches de cabaret en los años veinte, su agitadísima historia y su florecimiento cultural contradicen la opinión del escritor francés. Es cierto que la ciudad sucumbió a los designios del III Reich durante algo más de una década y que pagó por ello un precio muy alto con la inauguración de una torre de televisión que desvelara al mundo la pujanza tecnológica de las naciones situadas en la órbita soviética. Pero aquella rivalidad concluyó con la reunificación de Alemania. Superados los obstáculos, los berlineses se han lanzado a un encomiable ejercicio de recuperación histórica que se plasma en aspectos como la inauguración del nuevo Museo de la Cultura Judía, en cuyo interior se recuerdan los horrores del Holocausto. Su autor, el arquitecto Daniel Liebeskind, ganó el concurso para reconstruir la zona cero de Manhattan.

La Nueva Sinagoga de Berlín, que sufrió graves daños en la tristemente famosa Noche de los Cristales Rotos (1938), vuelve a lucir su resplandeciente cúpula de oro y a abrir sus puertas a la creciente comunidad judía que se congrega en el barrio de Scheunenviertel, situado en lo que antes era la zona oriental. Muy cerca se conservan los mayores fragmentos de aquel Muro de la Vergu?enza que costó la vida a cerca de 100 personas que intentaron cruzarlo en sus tres décadas de existencia. En los albores del siglo XXI, una vez borradas las heridas de su pasado más trágico, Berlín muestra con orgullo su nueva fisonomía. Si la prensa estadounidense la describe como "la encrucijada de Europa", algún osado articulista alemán afirma que pronto será la "capital cultural del mundo".

El esfuerzo constructor de los últimos años parece ir encaminado a la consecución de ese sueño, aunque su alto coste económico está dejando exhaustas las arcas municipales. La proliferación de nuevos edificios ha convertido Berlín en un espectacular campo experimental para arquitectos de vanguardia. Entre ellos, Norman Foster, que ha dotado al viejo Reichstag de una cúpula ultramoderna, o Renzo Piano, que ha construido la nueva sede central de Daimler-Benz en la Potsdamer Platz, una zona devastada por los bombardeos que ha sido recuperada gracias a la labor de Piano y otros eminentes arquitectos, como Helmut Jahn, autor del complejo Sony, y Arata Isozaki, creador del Debis Center. A esta fiebre arquitectónica de vanguardia se une ahora la meticulosa recuperación de algunos edificios del siglo XIX que fueron parcial o totalmente destruidos por los bombardeos. Ése es el caso de la nueva sede de Bertelsmann en Berlín, cuya fachada exterior recrea la antigua Comandancia Militar de la ciudad, que fue inaugurada en 1873. Otros edificios diseñados en la década de los sesenta y setenta del siglo XX también han aportado su grano de arena a la reconstrucción de una ciudad que desea fervientemente superar en grandeur a la mismísima París. Una de esas joyas arquitectónicas es la Neue National Galerie, de Mies Van der Rohe, cuyas salas albergan obras de los pintores expresionistas alemanes Otto Dix, Kirchner y Georg Grosz. Pero Berlín es algo más que su reciente pasado histórico o su espectacular rehabilitación urbana. Su verdadero carácter es el que aportan sus habitantes. La capital alemana también se ha convertido en un crisol de razas. Cabe recordar que es la segunda ciudad turca después de Estambul, algo que queda patente los sábados por la mañana en el concurrido mercado de Kreuzberg. Los miles de funcionarios que han llegado de otras zonas de Alemania para dar vida a las nuevas sedes gubernamentales y los contrastes que todavía se perciben entre los berlineses orientales y occidentales también constituyen otros elementos que marcan la fuerte personalidad de Berlín.

Los más escépticos aseguran que la ciudad sigue dividida por un muro invisible. Si unos hablan de "frontera mental" entre dos culturas distintas, otros afirman que la diferencia la establece el dinero. "Muchos orientales están en paro, pero esa es la realidad que no quieren ver los políticos", se queja un joven que pasea por la Chausseestrasse, muy cerca de la Nueva Sinagoga. En esta calle se encuentra un pequeño cementerio que alberga los restos del dramaturgo Bertold Brecht, del filósofo Hegel y del gran arquitecto Schinkel, alguna de cuyas obras marcaron la imagen de la ciudad en el siglo XIX. En el barrio, vertebrado por la Oranienburgerstrasse, se perciben con claridad las dos ciudades. Si las mañanas son de los parados y otros perdedores de la reunificación, las noches son de los nuevos ricos y jóvenes profesionales que han rehabilitado viviendas o dirigen galerías de vanguardia. En el ámbito arquitectónico también se puede percibir esa diferencia.

Las fachadas de las barriadas proletarias del Este se repintan con colores brillantes en un intento de maquillar su abominable diseño. Sin embargo, este lifting no se va a poder aplicar al Palacio de la República Democrática Alemana (RDA), un edifico gigantesco de cemento revestido de cristales dorados que se construyó en el solar que dejó el Palacio Real de los Hohenzollern. Muy dañado por la guerra, sus restos fueron dinamitados por orden de las autoridades orientales en 1950. Pero poco duró el símbolo de la Alemania del Este. Tras la caída del Muro, el flamante Palacio de la RDA tuvo que ser abandonado al detectarse en su estructura asbesto, un material potencialmente cancerígeno. El Parlamento federal quiere derribarlo el año que viene para reconstruir el palacio original, del que apenas se conservan algunos cimientos. La iniciativa ha provocado un aluvión de críticas entre los que creen que la operación responde al rescate de un símbolo prusiano y los que protestan por su alto coste económico.

Las autoridades municipales afirman que el proyecto sólo pretende restaurar las señas de identidad del Berlín del siglo XIX. En su opinión, éste es un objetivo tan legítimo como el que se propusieron los propios berlineses tras la caída del Muro, cuando decidieron no olvidar los aspectos más siniestros de su reciente pasado histórico.

Fernando Cohnen

Etiquetas: Alemania, Berlín, Europa

COMENTARIOS