Asesinatos selectivos

Centroamérica y Sudamérica fueron el escenario de varios complots de la CIA.

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La llegada al poder en Guatemala de Jacobo Árbenz Guzmán en 1951, y sus acciones en contra de la todopoderosa United Fruit Company, desataron las alarmas en la CIA, que contemplaba al nuevo presidente como un agente comunista y una indudable amenaza. La desclasificación de documentos de la Agencia en 1997 reveló lo cerca que estuvieron de asesinarlo, con la colaboración de los gobiernos de la República Dominicana, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Bajo el nombre oficial de PBFortune, se seleccionó y entrenó a los asesinos y se confeccionaron listas de políticos que debían ser también eliminados. Nada de esto se llevó a cabo gracias a que la operación paralela, PBSuccess, montada para obligarlo a dimitir, tuvo éxito, y Árbenz dejó su cargo en 1954; pero durante el resto de su vida fue objeto de una campaña de desprestigio desplegada sin piedad por la Agencia.


Siete años después, la CIA tuvo participación activa en otro magnicidio, cuando el 30 de mayo de 1961 una emboscada en una carretera de la República Dominicana acabó con la vida del sanguinario dictador Rafael Trujillo. En otro tiempo amigo de Estados Unidos, había caído en desgracia por sus repetidas violaciones de los derechos humanos –se estima que, durante su régimen, 50.000 personas fueron asesinadas–, pero sobre todo por su intento de matar al presidente venezolano Rómulo Betancourt. Se convirtió entonces en un objetivo, pero la CIA no ofreció su ayuda a los rebeldes hasta no estar segura de que el sucesor de Trujillo no sería un nuevo Castro. Las armas utilizadas en el atentado fueron introducidas clandestinamente en el país por el agente Lorenzo D. Berry.


En otro continente, había caído Patrice Lumumba. Cuando el líder del Movimiento Nacional Congoleño se convirtió en el primer ministro que tuvo el país tras obtener su independencia el 30 de junio de 1960, su nombramiento fue acogido con fuertes recelos en Estados Unidos y Bélgica, la propietaria de la antigua colonia que había organizado un auténtico genocidio entre su población y esquilmado el país de sus riquezas naturales. Los congoleños tenían razones más que justificadas para albergar resentimiento hacia los belgas, y Lumumba dejó claro que no jugarían el menor papel en el nuevo rumbo del Congo. Solicitó y obtuvo ayuda de las Naciones Unidas para conseguir la retirada de Bélgica y soporte militar y humanitario, pero no tuvo el mismo éxito cuando quiso eliminar por la fuerza al gobierno independentista de la provincia de Katanga. Se inclinó entonces hacia la URSS, y en Washington se dispararon todas las alarmas: en África podía surgir un nuevo Castro, que además facilitaría a los soviéticos el acceso a sus codiciadas minas de uranio.


El presidente Joseph Kasa-Vubu lo destituyó y en 1960, tras un golpe de Estado, el coronel Mobutu Sese Seko tomó el poder. Lumumba fue capturado por los golpistas cuando intentaba llegar a la zona de Stanleyville, donde aún contaba con numerosos partidarios; junto con sus dos acompañantes fue trasladado el 17 de enero de 1961 a la ciudad de Elisabethville y allí fueron torturados y ejecutados por los soldados de Mobutu, con la complicidad y la participación activa de militares belgas. La CIA permaneció en segundo plano, a pesar de que, tras recibir una orden directa del presidente Eisenhower, habían puesto en marcha un plan para asesinar a Mobutu envenenando su pasta de dientes; el jefe de la Agencia en el Congo, Lawrence R. Devlin, declaró muchos años después que no llevó a cabo la acción porque le pareció completamente inviable.

Más información sobre el tema en el artículo En el punto de mira, escrito por Vicente Fernández de Bobadilla. Aparece en el último monográfico de MUY HISTORIA, dedicado a Guerras secretas.

 

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Etiquetas: América, Espionaje, conspiración

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