Amedeo Modigliani, un bohemio de lujo

Pocos artistas han representado tan fielmente el papel de bohemio maldito como Modigliani, el pintor más personal, guapo y elegante del París más creativo.

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Pocos pintores representan como Modigliani (1884-1920) el estereotipo de artista bohemio que apura la vida hasta sus últimas consecuencias. El propio apodo por el que le conocían sus amigos de la vanguardia parisina –”Modí”– se pronuncia igual que maudit, maldito en francés. Lo tenía todo: belleza, mala salud –tuberculosis incluida–, mujeres a sus pies y las suficientes drogas y alcohol para morirse pronto y dejar un bonito cadáver.

Nació en Livorno en una familia sefardita de prestamistas que sufrió las leyes que entonces impedían a los judíos poseer tierras. Su madre era francesa y moderna, y apoyó las inquietudes de Amedeo, que estudió arte en Florencia y Venecia. En la primera ciudad frecuentó a los macchiaioli, un grupo de pintores toscanos cercanos al impresionismo, y en la segunda se aficionó al hachís.

En 1906, con 22 años, se instaló en París, donde se integró en la bohemia artística. Frecuentó a Picasso, a los fauvistas y a los surrealistas, pero sin adscribirse a ningún grupo. Modigliani iba por libre. Era un creador único que no dejó escuela porque su obra es demasiado personal. Influido por el arte africano, le interesaba la escultura, pero sus maltrechos pulmones soportaban mal el polvo y se centró en pintar los retratos que le han hecho famoso, la mayoría de mujeres, que lo adoraban.

Príncipe y mendigo

Tuvo cientos de amantes hasta que en 1917 conoció a Jeanne Hébuterne, una guapa estudiante de 18 años con la que mantuvo una tormentosa relación y que le dio una hija. Ese año colgó su primera exposición, pero fue cerrada a las pocas horas por inmoral.

Los excesos y la meningitis tuberculosa acabaron con la vida de Amedeo a los 35 años. Dos días después de su muerte, Jeanne, embarazada de casi nueve meses, se suicidó tirándose de un quinto piso.

Según Picasso, “sólo hay un hombre que sabe vestirse en París: Modigliani”. Y es que el pintor italiano, a pesar de su precaria economía, tenía una belleza y una elegancia natural que causaban furor. Hablaba un perfecto francés sin acento y llevaba como un príncipe el traje de pana brillante, las camisas de colores y los foulards que destacaban en su escaso “fondo de armario”.

Etiquetas: Arte, pintores

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