150 años de Schopenhauer: el pesimista que supo ser feliz

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schopenhauer-150El 21 de septiembre de 1860 el gran filósofo pesimista Arthur Schopenhauer apareció muerto en su sofá con una sonrisa en su cara. Los biógrafos siempre han recalcado todas las tragedias de su vida, pero al final, parece que supo ser feliz. Tras una existencia llena de desgracias y fracasos, en los últimos años de su vida vio como su obra era reconocida como una de las más brillantes de su tiempo.

Cuando su mejor obra o, como él la llamaba, su "querida hija" fue ignorada por la sociedad, Schopenhauer lo justificó con que no era una obra para su tiempo, sino para tiempos venideros. Y no se equivocaba, con el paso de los años, El mundo como voluntad y representación paso a ser una de las obras más admiradas de la época. El satisfecho filosofo no dejó de aprovechar la ocasión para hacer un repaso mordaz de todos aquellos que le habían vilipendiado.

Nació en Danzig en 1788 y ya desde su niñez mostraba un carácter introvertido. La relación con sus padres contribuyó al pesimismo y la amargura por los que se le ha conocido mundialmente: su padre se suicidó cuando tenía 17 años y su madre siempre le mostró desprecio desde su más temprana edad. Debido al negocio de su padre, se dedicó a viajar por toda Europa y entró en contacto con el caos y las convulsiones de la época, algo que le marcó de por vida. Más tarde él mismo describe las experiencias de sus viajes: "me sentí tan impresionado por la miseria de la vida como Buda, cuando en su juventud contempló la enfermedad, la vejez, el dolor y la muerte".

Comienza a estudiar medicina en la universidad, pero allí entra en contacto con las filosofías de Platón y Kant, que serían la chispa de su verdadera vocación. A pesar de su dedicación, se le niega la cátedra, y su rivalidad con Hegel le acarreó mala fama dentro del mundo académico. No se sabe si por este motivo, o por lo que el llamó un "sueño premonitorio", abandonó Berlín antes de que llegase una epidemia de cólera que mató a su popular enemigo, Hegel.

A salvo en Frankfurt y sólo con su perro, cuya compañía prefería a la de las personas, continuó escribiendo varias obras, pero su fama realmente se disparó tras publicar Parerga y Paralipómena (Cosas accesorias y omitidas). A partir de entonces, los artistas intentaron retratarle, la juventud le acompañó en su visión no optimista del mundo tras la desilusión de otra revolución, y personajes como Richard Wagner quedaron impresionados. Así, entre el entusiasmo del público, pasó los últimos años de su vida hasta que una mañana su asistenta lo encontró muerto en el sillón de su cuarto. En su cara tenía la sonrisa del que siempre sostuvo: "es preciso convenir que la vida es un mal negocio".

Diego López Donaire

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